EL ZARANDEO que le metieron a Bono un puñado de guardianes de las esencias el sábado en Madrid es una espoleta para la memoria. Para recordar las bolsas de basura que volaban hace dos años a la altura de la cabeza de Rajoy en una visita por Lugo. Desperdicios convertidos en proyectiles por unos iluminados que creían así defender a Galicia de los gestores del Prestige. Salvapatrias a tiempo parcial, como los que el 12 de marzo obligaron a Rodrigo Rato a esconderse en Barcelona de quienes lo empujaban al grito de asesino. Sobrepuesto, llamó a Rajoy: «¡Cuánto nos odian, Mariano!». La clase política lleva dos días teorizando sobre el empujón que le metieron a Bono. Se culpan, se insultan y hasta, si pueden, se chingan unos a otros. Todo menos mirarse a sí mismos cuando se les ponen voz y cara de salvapatrias en el telediario. Con la fuerza de un tsunami, la corriente ideológica mayoritaria es culpar a Aznar del empujón a Bono, de las bolsas de mierda contra Rajoy o de que Ibarretxe quiera imponer a unos vascos sobre otros. Pero dous non lean se un non quere. Y con más estilo o menos talante, el salvapatriotismo campa a sus anchas por Castilla, Euskadi o Galicia. En este último lugar, aunque el aniversario del Plan Galicia no coincidiera con el mes de las rebajas, el saldo de salvapatrias sería igual de cargante. Por interés electoral, Fraga, Touriño, Quintana... se han erigido en garantes de las esencias de aquel Consejo de Ministros. Salvapatrias excluyentes, que empiezan por no hablarse y luego se escandalizan por un empujón.