NO NOS CONSOLEMOS pensando que se trata de una minoría, muy minoría. Ni que sólo representa el sentir de un reducidísimo sector de los congregados. No nos reconfortemos diciendo que a todas las manifestaciones asisten energúmenos con el único fin de reventarlas. Porque decenas de miles de gallegos se manifestaron convocados por los de «Nunca máis», cuando nos barnizaron el país de fuel, y millones de españoles lo hicieron contra la invasión de Irak y no se produjo ni un solo incidente serio. Así que no nos justifiquemos ahora diciéndonos que estas cosas ocurren y que no hay que darles importancia. Lo ocurrido el sábado en Madrid no puede ser considerado un lamentable incidente producto de la espontaneidad de unos pocos. Lo que aconteció en la manifestación por las víctimas del terrorismo nos sirve de termómetro para medir la temperatura de los ánimos en el país. Para comprobar el grado de intolerancia que se ha instalado en nuestra sociedad. Para saber dónde ha quedado colocado cada uno. Y para descubrir a quienes se frotan las manos pensando que la discordia va a favorecer sus intereses. Decir que existe una grave intencionalidad política detrás de las agresiones y de los insultos, no es hacer ciencia ficción. Decir que lo que vimos el sábado en las calles de Madrid ha sido promovido, alimentado y consentido, es recordar únicamente lo mucho que se ha atizado la hoguera de la agitación. Y recordar que algunas de las consignas coreadas sobre el 11-M las escuchamos antes desde determinados escaños del Parlamento, tampoco es una maldad. Algún día tenía que ocurrir. Y ocurrió el sábado. Los reaccionarios feroces se decidieron a dar la cara. Y enloquecidos presentaron en público, jaleándolo insistentemente, a su nuevo líder. Ángel Acebes.