Elegir entre la paz y la guerra

OPINIÓN

LAS NOTICIAS que llegan desde Irak no son alentadoras. Día tras día, los atentados se suceden incrementando una lista de víctimas cuya cifra total nadie se atreve a dar. Los escándalos relacionados con las torturas que los soldados extranjeros han infringido a los prisioneros de «guerra», lejos de mejorar las difíciles relaciones con las tropas ocupantes agravan la desconfianza y el temor que los iraquíes sienten hacia ellos. No es la dureza de las imágenes de vejación sexual la que ha sorprendido; desgraciadamente es práctica habitual en los conflictos armados. Lo que indigna es que se hayan llevado a cabo durante una supuesta acción de «liberación» por parte de las fuerzas que deberían dar ejemplo de lo que el respeto por los derechos humanos supone en una democracia. La población de Faluya ha visto arrasada su ciudad para nada, la de Bagdad vive sin agua potable y sin luz desde hace días. En el país en el que se acumulan algunos de los mayores pozos de petróleo del mundo, los nativos tienen que dormir en sus vehículos, aguardando su turno para llenar los depósitos en las gasolineras. Aquéllos que deciden unirse a los recientemente creados Cuerpos de Seguridad del Estado lo hacen impelidos por la necesidad de ganar sustentos para sus familias y a sabiendas de que pueden ser asesinados en cualquier momento. La inseguridad alcanza tal nivel que nadie se aventura a salir de su casa si no es estrictamente necesario. Norteamericanos y británicos son incapaces de mantener el orden porque lo hacen imponiéndose a una población que odia cualquier reminiscencia dictatorial y porque los extranjeros infiltrados de diversas organizaciones terroristas, que ellos han dejado entrar, hacen demasiado ruido como para que puedan oír las voces de los iraquíes. Los terroristas que ocuparon y destruyeron Afganistán llevan camino de hacer lo mismo en Irak, y precisamente aquéllos que les echaron de allí son los que les han abierto las puertas aquí. En estas circunstancias, las elecciones del 30 de enero están abocadas al fracaso, bien por la previsible alta abstención, bien por la incapacidad del gobierno que salga elegido para pacificar y controlar el país. Una nueva guerra está en ciernes.