CUANDO APENAS han transcurrido unos días desde los comicios celebrados en Palestina, por medio de los cuales Mahmud Abás resultó elegido como líder de la Autoridad Palestina, las peores expectativas se están viendo cumplidas a velocidad de vértigo. Pese a los buenos augurios, la oferta de mano tendida del Gobierno israelí y los parabienes de Bush, una vez más, la sangre derramada está ahogando la esperanza palestina. Sharon, indignado por los asesinatos del pasado jueves, ha manifestado que entrará en Gaza, cuando se le antoje, para castigar a los culpables. Sus palabras han dejado a Abu Mazen en una situación imposible. Si alguien esperaba que Abu Mazen fuera capaz de frenar los actos terroristas de los más fanáticos y radicales de entre los palestinos, no sólo pecaba de excesivamente optimista sino que, además, estaba muy mal informado. Son muchos los interesados en que la paz no acabe con el conflicto palestino: desde los judíos más radicales y ortodoxos que aspiran a poseer todo el territorio del Gran Israel eliminando cualquier vestigio palestino de la tierra que consideran suya por derecho divino, hasta los palestinos más fanáticos que desean aniquilar al enemigo sionista cuya invasión, desde finales del siglo XIX, ha profanado uno de los lugares más sagrados para los musulmanes. Son miles los que prefieren la confrontación sangrienta a la pacífica convivencia. Al margen de esta realidad social está el hecho incontestable de que es imposible que un hombre recién investido de autoridad pueda poner orden, de la noche a la mañana y sin ayuda, en una población que vive en un estado de sublevación desde hace más de cinco años. No se puede exigir a Abu Mazen que retire de un plumazo las armas a su población y controle a los terroristas, mientras Israel le invade cuando le place y las fuerzas armadas palestinas viven sumidas en el caos y la corrupción. Abu Mazen ya ha exigido públicamente a las milicias que depongan sus armas. Pero no será fácil convencer a aquéllos que sólo viven para morir matando al enemigo que arrasa sus casas con tanques. Se precisa paciencia y templanza. De cómo reaccione Israel dependerá que la esperanza no se convierta en pesadilla.