DESPUÉS de tres lustros de ininterrumpido gobierno conservador todo hacía suponer que había llegado la hora del cambio político en Galicia. El declinar de la figura de Fraga y un PP agotado y dividido parecían avalar tal perspectiva, que se revelaba al mismo tiempo necesaria e inevitable. Pero, como la experiencia histórica demuestra, resulta muy improbable que un Gobierno, pese a sufrir un serio desgaste, pierda unas elecciones si no existe una alternativa política solvente y segura capaz de sustituirlo. Nunca se podrá exagerar la importancia que un proyecto estable, eficiente y predecible tiene para la seguridad de los ciudadanos y, por tanto, para el desarrollo económico y social de un país. Pues bien, contrariamente a lo que la experiencia y el sentido común aconsejan, socialistas y nacionalistas gallegos, en vez de acreditar su competencia para construir conjuntamente un proyecto político y programático creíble y realizable -sin lo cual será muy difícil ilusionar a la sociedad gallega y transformar los innegables deseos de cambio en una alternativa de gobierno-, parecen dispuestos a no desaprovechar la mínima ocasión que se les presenta -venga o no a cuento- para hacer bien visibles sus diferencias políticas, e incluso para profundizar artificialmente en ellas. En los últimos días se han sucedido una serie de acontecimientos que ilustran bien lo que vengo afirmando. Primero fue el ministro Jordi Sevilla quien, al proponer que Touriño sólo debe gobernar si consigue más votos que el PP, lanzó un auténtico misil contra la línea de flotación de la alternancia política en Galicia. A continuación, supongo que para rematar la faena, los dirigentes de la UPG anuncian que no sólo apoyarán el Plan Ibarretxe en el Congreso de los Diputados sino que, en ciertos aspectos, lo consideran el modelo que debe seguir el autogobierno gallego. Pero los dirigentes nacionalistas saben perfectamente que el PSdeG no puede aceptar semejantes planteamientos, y saben además que el Estatuto de Galicia, a diferencia del vasco, necesita para su reforma el voto favorable de los dos tercios del Parlamento; es decir, en ningún caso puede modificarse sin el acuerdo del PP. Así pues, tales declaraciones sólo pueden buscar un gratuito y estéril enfrentamiento con el PSdeG, y el consiguiente descrédito para la alternativa de gobierno. ¿A qué se debe, pues, esta absurda situación, incomprensible para los ciudadanos? Sencillamente, a que tanto en el PSOE como en el BNG existen influyentes sectores que por diversas razones-ideológicas, corporativas o personales-no desean un gobierno de coalición entre socialistas y nacionalistas. Si tales tendencias prosperasen, hasta el punto de convertirse en determinantes, no sólo facilitarían la indefinida continuidad de los gobiernos conservadores, sino que contribuirían a sustituir el actual pluralismo político por la confrontación, también en Galicia, entre dos polos identitarios -el nacionalista y el no nacionalista- con la subordinación de la izquierda al proyecto hegemónico del Partido Popular. Espero que el BNG y el PSdeG no cometan semejante deslealtad con Galicia y comprendan que el cambio de rumbo es tan necesario como urgente. Ha llegado también la hora de que Touriño y Quintana demuestren que ejercen un verdadero liderazgo político y no simplemente un cargo administrativo.