LA IRONÍA del título de estas notas, escritas al hilo de la actualidad, apunta a denunciar una posición común y equivocada -perdónesenos la inmodestia- y, lo que es peor, de fatales consecuencias. Días pasados, una masa de conductores sufrió las consecuencias adversas de una naturaleza desatada -aunque sí que es verdad que se había anunciado que eso iba a ocurrir, a diferencia del tsunami que asoló el Sureste asiático. Las posiciones políticas han sido dos: una, de acusación por la falta de medios y las consecuencias sobre los ciudadanos y, otra, más en sordina, que apuntaba a la cuota de responsabilidad de la ciudadanía, posición esta que ha sido descalificada por el más alto responsable del Gobierno. Es norma actual de nuestra civilización hacer irresponsables a los sujetos: al alumno que suspende -y entonces es el profesor o el modelo educativo el culpable-; al enfermo -y entonces se le cambia su estatuto por el de usuario con el derecho a ser curado y de reclamar indemnizaciones en caso contrario. En nuestro caso, admitiendo que todo aumento de recursos es deseable, y que toda mejora en el empleo de esos recursos es exigible, señalamos que todos y cada uno de los ciudadanos son responsables de lo que hacen, de cómo lo hacen y de cuándo lo hacen. Esta posición, la de hacerse responsable, no conlleva la pesada losa de la culpabilidad, sino la llamada a hacerse presente en lo que nos ocurre en nuestras vidas, habida cuenta de que, como es el caso que nos ocupa, el de la nevada, no por mucha planificación y medios que el poder ponga a nuestro servicio, queda eliminado el hecho de que, si algo nos ocurre, nos ocurre a nosotros y, en ese momento, somos nosotros los que tenemos que responder. Podemos criticar que falta la máquina quitanieves, podemos denunciar que no aparezca ningún agente de la autoridad para ayudarnos, pero, en ese momento, somos nosotros uno a uno, y no los gobernantes, los que tendremos que responder con lo que llevemos con nosotros, y no es igual llevar unas mantas, unos alimentos, unos teléfonos móviles, que ir a cuerpo gentil, confiados en el ángel de la guarda. El frío y el peligro nos alcanzan a nosotros, y ahí, en ese momento, cuando estemos solos, sufriremos de nuestra irresponsabilidad. Y, aun alcanzando la inclemencia a todos por igual, tengan por seguro que reclamarán y protestarán más aquellos que poco o nada prepararon para el viaje. Pensar en la omnipotencia y en la omniasistencia del poder no es más que un fantasma -o sea, confundir el deseo con la realidad-, un fantasma que lleva a lo peor porque no hay ángel de la guarda que ponga las cadenas en nuestro coche cuando arrecia la nevada, sobre todo si no las llevamos. Ser responsable significa, simplemente, querer tomar nuestra vida en nuestras manos: no hay otra posición más sabia ni prudente. Tan es así que Freud llevó esa responsabilidad hasta el inconsciente, y hasta lo que de él deriva. ¿Y saben cuál es la mayor resultante del inconsciente? Nada menos que el destino. Lo que demuestra que Freud no confiaba mucho en la asistencia en carretera.