La dura herencia del otro plan

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

30 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL PLAN de cerco a los nacionalistas, que debía llevar a Mayor Oreja a Ajuria Enea y al PNV a la bancarrota, cerró ayer con el siguiente balance: el antiguo PNV reunificado en la coalición PNV-EA, al borde de la mayoría absoluta y con los votos abertzales buscando destino; Ibarretxe convertido en el único líder real del País Vasco; las relaciones entre el PP y el PSOE emponzoñadas por el avance imparable del proyecto Maragall; Otegi convertido en el genio invisible del torneo, y el Congreso de los Diputados esperando la patata más caliente de los últimos años. Cercenar ahora el Plan Ibarretxe no lleva más de diez minutos, pero el problema vasco resurge en toda su extensión, con la pelota puesta en un punto que ni Arzalluz hubiera soñado. Yo, que soy muy mal pensado, creo que el lendakari se llevó un tremendo disgusto. Porque su estrategia de ayer estaba encaminada a cosechar una gran victoria política seguida de una votación insuficiente, para librarse del injusto sambenito de chalanear con los batasunos, y mandar a mejor vida el monstruo que él mismo creó para romper el asedio aznarista, y que ahora le impide recomenzar el proceso de reforma estatutaria al estilo catalán. Pero Otegi, al que no se le dio otra salida, acabó situándose en el centro de la escena y haciendo triunfar un Plan que, si todos querían parar antes de que llegase al Congreso, nadie supo contradecir con grandeza y habilidad política. Convencido del inminente fracaso del Plan, Patxi López intentó el discurso de la alternativa, sin más capital que un Zapatero en la Moncloa y un Maragall en Sant Jaume. Pero su perorata sólo tuvo la virtud de demostrar su soledad y el profundo abismo que empieza romper el bloque constitucional. Y eso hizo que, a medida que avanzaba el pleno, volviese a hacerse patente el achique de espacios que sufre el PSE-PSOE, forzado por el tripartito catalán a hacer cesiones puntuales, obligado por el Pacto Antiterrorista a hacer el discurso del inmovilismo constitucional, y estrujado sin piedad por la confrontación entre el PP y el PNV. Leopoldo Barreda, que hizo una primera intervención muy bien enfocada, acabó reproduciendo en sus réplicas todo el tremendismo aznarista, cerrando cualquier puerta al cambio, y emplazando al PSOE a no comportarse como un nacionalista vergonzante y un caótico vendepatrias. Si la política consiste en solucionar problemas y crear espacios para el consenso, es evidente que el Estado, y quienes lo gobiernan, están fracasando en Euskadi. Aunque, disfrazados de avestruces, sigamos diciendo que es Euskadi la que fracasa dentro del Estado. Porque incluso Ibarretxe posee DNI, y tiene derecho a ser bien gobernado.