SI ACASO la alternativa al fraguismo no encontrara ya suficientes dificultades, debido a la incapacidad de socialistas y nacionalistas para acreditar su competencia y su compromiso para dirigir conjuntamente el país, Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas, desembarcó en Galicia y, emulando a los directores de pista de los viejos circos, nos ha propuesto el más difícil todavía. Al proclamar que Touriño sólo debe gobernar si consigue más votos que el PP, el ministro socialista se ha pasado con armas y bagajes a las posiciones del partido conservador que, como es sabido, defiende que gobierne la lista más votada con el mismo entusiasmo que deplora los gobiernos de coalición. Comprendo perfectamente que al PP, con enormes dificultades para revalidar la mayoría absoluta y aislado políticamente, le interese semejante propuesta. Pero resulta muy difícil explicar que el PSOE se empeñe en dificultar la alternancia, autoimponiéndose límites que en modo alguno derivan de los principios democráticos que inspiran el sistema parlamentario vigente en España. ¿Por qué el PSOE debe asumir las descalificaciones que el PP dirige interesadamente contra los gobiernos de coalición y las alianzas postelectorales, absolutamente normales en una democracia parlamentaria con sistema electoral proporcional? ¿Por qué considera Jordi Sevilla indeseable en Galicia lo que es práctica habitual en las democracias más avanzadas de Europa? Porque el ministro no ignora que gobiernos democráticos como los que deslegitima el PP y él descarta se han producido con frecuencia en Bélgica, Holanda, Austria, Italia o Alemania, países que en las últimas décadas han conocido gobiernos de coalición, en muchos casos en detrimento de la mayoría relativa, sin que a nadie se le haya pasado por la cabeza poner en entredicho la legitimidad de tales combinaciones políticas de gobierno. Dudo incluso que la propuesta realizada por Sevilla favorezca una determinada estrategia electoral destinada a concentrar el voto útil en el PSOE, si se considera que la actual correlación de fuerzas hace poco creíble que el Partido Socialista pueda, en los próximos comicios, adelantar electoralmente al PP. Lo que resulta seguro es que las declaraciones del ministro de Administraciones Públicas restan credibilidad al PSdeG como alternativa de gobierno y dan alas a los sectores del socialismo gallego que, en contraste con el proyecto que defiende Touriño, proclaman abiertamente su preferencia por un gobierno del PP en minoría a la posibilidad de una alternativa compartida con el BNG. En estas circunstancias, Touriño no puede permanecer en silencio, ni mirar para otro lado como ha hecho en otras ocasiones. Al contrario, como reclama el alcalde de Santiago, el secretario general está obligado a sacarnos de dudas, a demostrar que cree en su proyecto y que éste cuenta con el apoyo del partido y del Gobierno. De otro modo su liderazgo sufrirá un serio quebranto y, sin estrategia definida, dará la impresión de que lo fía todo a la inercia del voto socialista y a los errores del adversario. Y semejante actitud política, además de no generar ilusión -o precisamente por ello-, puede resultar insuficiente para producir el cambio que Galicia necesita.