Fernando Altés

OPINIÓN

FUI a pedirle que me dejara hurgar en el archivo de El Norte de Castilla , el diario más influyente de la región, del que era consejero delegado y todo. Me trató con sequedad y corrección, y me dijo que no, pero me impresionó vivamente. Quizá, cosas mías, porque usaba un bic. Una tarde estaba trabajando en la hemeroteca de El Norte y se acercó. Hablamos de pie, dos horas, girando: no me di cuenta de que me ofrecía siempre su oído bueno, y yo giraba para situarme de frente. Cedió en lo del archivo y respondió con paciencia mis preguntas. Para entonces yo ya sabía que era el hombre más importante que había tenido jamás El Norte . Años después, la muerte de su hijo me pilló muy lejos, pero me las arreglé para llegar al entierro como él había llegado, con Delibes, a la defensa de mi tesis doctoral, cruzando en coche media España nevada. Una noche estaba dando una conferencia en Valladolid y me emocionó verle entrar y sentarse detrás. Interrumpí la charla para saludarle. Me llevó a su casa y abrió a hachazos una caja de Vega Sicilia. El martes leí su obituario y me entró la angustia: nunca acerté a darle bien las gracias. Me consuela que en el cielo saben cuánto le quería. Y se lo dirán mejor. psanchez@udc.es