NADIE, SALVO quien carezca de alma -es decir, quien sea un desalmado- habrá salido moralmente indemne del estremecimiento emocional que recorrió nuestro país el 15 de diciembre. Pilar Majón se presentó ese día ante la comisión del 11-M y, sin más armas que su dolor, puso a los diputados ante un espejo que les devolvía una imagen de insufrible mezquindad. No fue, sin embargo, el concreto contenido de su alegato impresionante lo que convirtió de inmediato aquellas palabras en un golpe en el estómago de España, sino, sobre todo su autenticidad, pues los reproches de Pilar Manjón salían de la boca de quien ha sufrido la mayor perdida que cabe imaginar: la de un hijo. Resulta obvio, por ello, que nadie -tampoco los señores diputados- hubiera podido colocarse en su lugar, ni en el de los miles de personas que han sufrido la catástrofe. Como, salvadas todas las distancias, que son en este caso siderales, nadie -tampoco los señores diputados-, puede colocarse, por definición, en el lugar de los que padecen la dura iniquidad del desempleo, el atroz infierno de las drogas o la pesadilla brutal de los constantes malos tratos. Eso es, al fin, el Parlamento: el lugar donde están no los que sufren, sino los que, representando a los que sufren, trabajan para que dejen de sufrir. La distancia entre los unos y los otros es no sólo inevitable, sino, al tiempo, necesaria: necesaria sí, pues si las decisiones fuesen tomadas sólo, y siempre, por los afectados, es posible que aquéllas acabasen careciendo del punto de equilibrio que exigen la justicia y la igualdad. Ahora bien, esa distancia entre el pueblo -el de verdad, y no el de las abstracciones jurídico-políticas- y quienes tienen el deber de actuar en su lugar, no puede ser cualquier distancia. De hecho, hay un punto a partir del cual aquélla convierte a los representantes es un esperpento de lo que debieran ser en realidad. Pilar Manjón argumentó el miércoles de un modo incontestable que el bache entre las víctimas del 11-M y los que han sido apoderados para darles una explicación, dándosela también a toda España, ha superado con mucho la distancia máxima admisible. Pues es cierto, como ella dijo, que entre el 11 y el 14 no sólo pasó lo que obsesivamente ha centrado el interés de la comisión del 11-M, sino que miles de personas enterraron a sus muertos y otros miles lloraron por sus vivos. Todos ellos merecían que nuestros diputados hubieran dedicado su máximo esfuerzo a tratar de determinar cómo pudo pasar lo que pasó y qué ha de hacerse para evitar que vuelva a pasar en el futuro. Pero los diputados no lo hicieron, y ha habido que esperar a que llegase Pilar Majón para decírselo.