El décimo

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

MI PADRE solía comprar un décimo de la lotería de Navidad, que guardaba en un sobre sin mirar el número; decía que era el tapado y depositaba en ese décimo muchas esperanzas. Lo compraba en administraciones miticas de entonces, doña Manolita de Madrid, la Pajarita de la calle Alcalá o la coruñesa del Gato Negro; ocasiones hubo en que el tapado viajó desde Barcelona o Bilbao. Nunca le tocó nada, pero hasta el final de sus días mantuvo esa costumbre. Era como echar al mar una botella con mensaje, aunque a la inversa. A mi casa llegaban tapados en un sobre los mensajes del día 22 de diciembre con una misiva que ni siquiera era de decepción y que siempre se suplía con la constatación de la buena salud de la familia, y la dilatada espera para el año venidero. Mi madre era compradora de múltiples papeletas de participaciones loteras. Hermandades, cofradías, comisiones de fiestas, juntas falleras de Valencia, iban creciendo desde noviembre en un multicolor fajo que madre comprobaba sorprendida el día 23 en la lista oficial que publicaba La Voz, y que dejaba un par de pedreas y varios reintegros que hacían feliz a mi madre, tan aficionada como era al juego navideño de la lotería. Una vez más estamos en vísperas, una ilusión antigua recorre España, el país es una timba, un vendaval de décimos colgados en todos los miles de bares de los pueblos españoles. Aparecen los números soñados, la clarividencia de un deseo, el catálogo superticioso de las terminaciones, la reiterada frase de que no hay números feos y la repetida de que todos entran en el bombo. La ilusión a plazo fijo, en el mes en que el consumo es una orgía. Este año, como todos los años, el gordo va a estar muy repartido, una serie se vendió en un pequeño pueblo y a muchos vecinos les va a tocar eso que se ha dado en llamar eufemísticamente un pellizco, en una de las ciudades con astillero de Izar, va a caer uno de los premios mayores; Galicia en año Xacobeo y fustración de plangalicia , no se verá excesivamente favorecida por la suerte, y en una ciudad levantina van a caer una pila de millones. Los titulares de las primeras páginas de muchos diarios van a abrir la portada contando que la suerte pasó de largo por la provincia o la autonomía, muy pocos van a poder titular a cuatro columnas que el número del premio gordo cayó aquí, y en los telediarios de las cadenas de televisión volveremos a ver a los parroquianos en un bar brindando con cava catalana, compartiendo su euforia con media España y mostrando a las cámaras el décimo premiado. Cuando se les pregunte a qué van a destinar el importe del premio, invariablemente responderán que a pagar alguna trampa, es decir a saldar deudas. Y otra vez el locutor añadirá que las concesionarias de automóviles de la ciudad están teniendo overbooking . Y regresarán los chistes como aquél a quien le ha tocado un millón de euros y al ser preguntado y felicitado contesta fanfarrón que le ha correspondido idéntica cantidad a la que jugaba. Hace muchos años vi una película que era una radiografía sociológica de España de posguerra: El sobre verde . Tal vez mi padre se inspiró en ella para comprar su décimo tapado, aquel país que anhelaba el premio gordo se parece mucho a éste. Seguimos soñando a plazo fijo, tan sólo cambió una palabra en la partitura cantada de los niños de San Ildefonso, las pesetas de antaño son los euros de hoy, pero la música es la misma y la ilusión colectiva permanece intacta.Que les toque, que nos toque y si no, ya se sabe que lo más importante continúa siendo la salud.