ES BUENO tener amigos, si éstos son en verdad tales. Te ayudan a ver más allá de tus narices, y tu mundo existencial se amplía con sus experiencias y sabidurías: puedes ver también a través de sus ojos. Es lo que me ha pasado con mi amigo Pepe Lorenzo. Es periodista y hace unas semanas ha estado de visita por África, junto a otros periodistas, de la mano de Manos Unidas, para ver sobre el terreno qué se hace con el dinero de esta ONG. Vino con el corazón partido. Desde entonces, cuando va a darles el beso de buenas noches a sus hijas, se acuerda de la mirada de los niños africanos que conoció. Y es que la infancia no siempre es ese paraíso perdido al que a uno le gustaría volver de vez en cuando. En Nairobi, al caer la noche, me contaba emocionado, centenares de niños y niñas salen de las sombras, como alimañas, para comenzar su lucha por la vida buscando en los mil y un vertederos humeantes de la ciudad. Han sobrevivido a la luz, ocultándose de la policía, de los muchos guardas de seguridad que se la tienen jurada y de no pocos ciudadanos que saben que golpear o incluso matar a estos pequeños no les causará mayores problemas con la justicia. Son cerca de 60.000; unos vieron interrumpida su infancia al quedarse huérfanos por el Sida, otros fueron invitados a marcharse de casa porque sus padres no podían alimentar tantas bocas o porque ya no era bueno que compartieran con su madre y sus hermanas los escasos dieciséis metros cuadrados de las chabolas en las que vive la mitad de la población de la capital de Kenia. No es un problema específico de África. En Brasil, Colombia, Honduras, El Salvador y Guatemala saben bien de qué va el asunto. En lo que lleva de año, sólo en Honduras han muerto más de 186. Los niños de la calle suelen ser violentos (acaso porque nunca una mano acarició con ternura su rostro y nunca nadie les dio un beso lleno de amor), y se mueven en el mundo de la delincuencia, la droga y la prostitución. Esnifan pegamento mezclado con gasolina y ácido de batería: un buen cóctel para evitar el estallido social de estos desesperados. Ahora miro a nuestros niños y jóvenes, que apenas estudian, que andan preocupados por qué pedir estas navidades, porque tienen de todo y sin embargo andan aburridos y se agobian un montón. ¿Qué hemos hecho mal? Las personas, no las cosas, nos dan la felicidad. El compartir, no el usar y tirar, da sentido a la vida. Navidad, tiempo de esperanza.