Un holocausto que no escandaliza

| RAMÓN BALTAR |

OPINIÓN

14 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

MUY OPORTUNA llega la publicación del informe anual de Unicef cuando se acercan las Navidades, fiestas en que los hartos celebramos el nacimiento de un Niño pobre con derroche de lujo ofensivo. La situación de la infancia en los países pobres y en muchos de los ricos la describen los números sin más. Son 90 millones los niños que no reciben la alimentación básica, 400 no consumen agua potable, 640 viven en mala vivienda, otros 270 carecen de atención sanitaria, para 500 no hay saneamientos, y 140 nunca entraron en una escuela. De los 2.100 millones de pequeños que deberían alegrar el mundo, el 45% están amenazados por el hambre, las guerras o la peste del sida. Pero el más cruel de sus sufrimientos es que no recordarán haber sido niños, los que lleguen a hombres. Aunque los líderes políticos reconocen esta catástrofe apocalíptica, las medidas para remediarla son tan poco decididas que suenan a sedados de conciencias sucias. Hace cuatro años la ONU aprobó unos llamados Objetivos del Milenio que pretenden la reducción drástica de las secuelas del subdesarrollo en el año 2015; pero los controles parciales no auguran tanto bien junto. El norte opulento no acaba de declarar guerra de exterminio a la pobreza sureña. Hay una razón de principio para hacerlo: los valores de la civilización occidental quedan en pura palabrería si, pudiendo evitarlo, dejamos morir de hambre a la parte de la humanidad que no los comparte. Y otra práctica: mientras crezca la desesperación de los sin pan ni futuro, no habrá seguridad para nadie en ningún sitio. Cada día mueren en el mundo 30.000 menores de cinco años de enfermedades evitables, pero a los reservistas espirituales sólo les preocupa la suerte de los embriones sobrantes de la fecundación artificial. Angelitos al cielo.