JORGE Castañeda (padre) fue uno de los grandes diplomáticos que tuvo México, equiparable a figuras como Alfonso Reyes y Amado Nervo, ambos ministros plenipotenciarios, en París, Argentina y otros países hispanoamericanos. Castañeda desempeñó ese cargo en Francia, el último de su vida, después de haber ejercido de secretario de Relaciones Exteriores de su país. Me enriqueció conocerlo, hace más de veinte años, por el ejemplo que emanaba de su cordialidad, sutileza y cultura. A él le debemos en gran parte la existencia de los premios literarios Juan Rulfo, que en 1982 lanzamos en París Mercedes Iturbe y yo. Este año hemos recibido más de siete mil trabajos, entre cuentos, novela corta y fotografía. Don Jorge tenía un hijo al que llamábamos Jorgito, alias el huerito , por lo rubio de sus cabellos. Venía poco a París, dado que estudiaba en las mejores universidades de los Estados Unidos. No obstante lo conocí bien; no sólo aquí, sino en México las cinco o seis veces que estuve en ese tan entrañable país. Con los años ya le llamaban el huero , y el tiempo hacía que el pelo, al contrario que al resto de los mortales, se le fuera oscureciendo aunque nunca le llegó a escasear. Era de extrema izquierda, como yo; por eso intimamos tanto. Pasó el tiempo y las cosas evolucionaron. Así las cosas, puedo contar, a veces en condicional porque nada es seguro y gran parte son conjeturas, los episodios rocambolescos que vivimos en París. Jorgito venía a menudo cuando estaba por sus veinticinco años; yo le llevaba por lo menos diez. Se veía, nos veíamos con Régis Debray, a la sazón consejero de Mitterrand. No se puede afirmar, pero se decía que Jorgito era el intermediario entre las guerrillas latino americanas y el presidente de la República. No sería extraño, pues su padre, don Jorge, era uno de los principales promotores de las reuniones de Esquipulas, donde se preparaban los acuerdos de paz. Jorgito vivía en la casa de una amiga común, cuyo nombre no viene al caso. Se fue ésta de fin de semana y me dejó encargado de su casa. A los dos días de marcharse, encontramos la puerta de su domicilio destruida y el interior patas arriba; pero no faltaba nada: ni los abrigos de visón de la propietaria ni sus alhajas, por cierto numerosas. Hubo de regresar presurosa e hizo instalar una puerta blindada. Jorgito siguió viviendo allí y cumpliendo sus misiones, las que fueran. Al cabo de una semana entran de nuevo en la casa, por la ventana esta vez. Registraron todo, removieron los armarios, y en particular las maletas de Castañeda. A la vuelta de la dueña -a ella no le robaron nada- dedujimos que los autores de las invasiones pertenecían a una de las muchas policías secretas que proliferaban en Francia, que vigilaban las gestiones de Jorgito que yo desconozco, vuelvo a repetir. Pasaron años. Jorge terminó sus estudios, dio clases en la Universidad de México y se fue cada vez más hacia la derecha, hasta el punto que no está mal situado para llegar a presidente de su país. Yo no: pero si nos separamos se debió a que se metió en política, escalando a pasos apresurados, hasta que Fox lo designó ministro de Asuntos Exteriores: el presidente sabía que don Jorge estaba muy bien visto por sus vecinos del Norte. Aun así seguimos siendo amigos. Hace un par de años, cuando la marcha del subcomandante Marcos hacia la capital, nos invitó a cenar en su casa a Danielle Mitterrand, José Bové, Yvon le Bot y a mí, junto con el ministro del Interior mexicano y otros dignatarios del Gobierno. Nos explicaron su visión del problema zapatista, y diré que el más rígido con mis amigos de la selva lacandona era él. Decía lo que sentía. Por eso me agrada que ahora, con el asunto de Venezuela y el ministro Moratinos, Jorge Castañeda haya confirmado lo que está más que cantado.