Límites del laicismo

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

HUBO UN TIEMPO felizmente pretérito en que, como en el Tratado secreto de Verona de 1822 que acabó militarmente con el trienio liberal español y con el asesinato de Riego, se reconocía «la cooperación del Papa para avasallar a las naciones» . Eran aún tiempos en los que el Papa era infalible y que, como luego León XIII, se permitía pontificar: « No es lícito pedir, defender ni conceder la libertad de pensar, escribir y enseñar, ni igualmente la permisiva libertad de cultos como otros tantos derechos que la naturaleza haya dado al hombre». El laicismo buscaba acabar con ese estado de cosas, y lejos de ser una consecuencia de lo que ahora se llama la muerte del espíritu , al contrario, intentaba restaurar la integridad de la dignidad humana para que pudiera buscar el universo espiritual según su conciencia. El laicismo se basa en lo que tienen en común todos los hombres. Defiende una moral universal cuyo objeto es la felicidad de las gentes, en la que el Estado, como tal, no tiene religión aunque respeta todas, con sus símbolos y cleros respectivos, mientras se muevan el marco de las leyes civiles y no constituyan un peligro para el bien común. Protege la libertad de conciencia y de cultos, así como la de difusión de ideas a favor o en contra de las distintas confesiones religiosas. Y defiende la enseñanza general de carácter neutro, integral, sin subvenciones a la enseñanza confesional. Así, la idea fundacional americana desde 1789 es que «nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos¿ nunca se exigirá prueba religiosa como requisito para el desempeño de cualquier cargo o responsabilidad política». Y en la primera addenda constitucional, de 1791, se establecía que «el Congreso no dictará ley alguna que concierna al establecimiento de una religión o que prohíba su libre ejercicio, restrinja la libertad de palabra e imprenta».