SE DICE que hay tensión y crispación, de modo que es probable que así sea. La escena en el Parlamento y las ocurrencias del Gobierno y de su oposición no ofrecen evidencias de tranquilidad y sosiego salvo en el intercambio de saludos al estilo de la gente del teatro -cuyos profesionales son, como es sabido, de la gente que más se aprecia entre sí-. Gobierno y oposición no desaprovechan ocasión de estimularse según esos modales. «Mucha mierda», se dicen. «Rómpete una pierna». Aunque sin demasiado entusiasmo. Aquí el entusiasmo se entiende como un rasgo adolescente o juvenil, reñido con la adusta santurronería con que se afrontan los acontecimientos. Manuel Marín, presidente del Congreso de los Diputados, decidió ponerse traje cruzado de solapas picudas y talle más bien atenazado para celebrar el Día de la Constitución, y su canto a la Carta Magna señaló que «la Constitución española integra, no enfrenta; construye, no destruye; acerca, no aleja; une, no uniformiza». Si eso es ser un entusiasta, yo soy un frenético. Pero lo que yo sea nos importa un bledo. Importa cómo se habla de la Constitución. Y si la Constitución no integrara, no construyera, no acercara y no uniera, pues, sencillamente, no existiría. Es un detalle en el que debería haber caído el presidente de la Cámara, ya que no sus asesores y el redactor de su discurso, para evitar que su fraseo se enredara en las mallas de Perogrullo y rozara el embarazoso ámbito de lo sardónico al pronunciarse ante un público en el que brillaban por su ausencia todos los anteriores presidentes del Gobierno de la Nación (que se dice pronto), así como los representantes del PNV, EA, ERC y BNG (de modo que casi había más siglas fuera que dentro). España es un país alicatado de chascarrillos trasmitidos de generación en generación como si fueran refulgentes aforismos, auténticas gemas del pensamiento. Son sentencias que se dicen bajo palio: «Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible», o «Pasa lo que pasa y lo que no pasa, no pasa», o «Lo que hay es lo que hay». Son tajantes, no dejan lugar a la menor duda, infunden respetuosos silencios y dejan a quienes las escuchan con un sesudo asentimiento que es lo más parecido al meneo de cabeza de aquellos perros que hace años colocaban los automovilistas junto a la ventanilla de atrás, no se sabe si para que el resto de los conductores vieran al perro o el perro los viera a ellos. No quiero decir que seamos unos perros o como perros. Quiero decir que una vez oídas y requeteoídas esas sentencias tan dichas y requetedichas, es imposible escuchar sin partirse de risa a quienes dicen que tenemos imaginación. Aunque quizá entienden por imaginación el ánimo del ministro de Defensa, José Bono, al declarar que la conmemoración constitucional sólo podía disgustar «a los que no les guste la igualdad ni la nación que la garantiza: España». A mí no me gusta la igualdad ni la nación a las que se refiere este hombre. ¿Acaso espera Bono que le escuche en posición de saludo?