ESTÁBAMOS tan pendientes del terrorismo islamista, de las conexiones carcelarias entre terroristas, de las acusaciones de los confidentes y de echarnos reproches a la cara, que, no reparamos en que los descerebrados seguían tejiendo su red de horror. Estábamos tan confiados, después de varios meses sin sobresaltos, que no nos paramos a pensar que los asesinos nunca descansan y que su objetivo es siempre la destrucción y la muerte. Ayer los descerebrados de ETA han vuelto a sobresaltarnos. Haciendo explosionar cinco artefactos en otras tantas gasolineras de Madrid. Bien es verdad que anunciaron su colocación, lo que evitó daños irreparables. Pero sobre nuestras cabezas volvió a planear la sombra de la locura que, siendo sinceros, creíamos estar a punto de superar definitivamente. Porque la declaración de Arnaldo Otegui, el director del orfeón que canta las bondades de la banda, y líder de la ilegalizada Batasuna, en el multitudinario acto de hace sólo unos días, hizo que concibiésemos falsas esperanzas de que, de una vez por todas, el terrorismo etarra estuviera a punto de pasar a mejor vida. Cuando Otegui reconoció que sólo cabía la vía política, entendimos que su gesto tenía una gran trascendencia y que ETA debía comprender que su batallón de artilleros ya no estaba por la labor. Y creímos también que hablaba por boca de la organización. Aún más. Nos sentimos más expectantes al saber que esta declaración coincidía con manifestaciones de destacados etarras, todavía entre rejas, que se cuestionaban sobre la efectividad de la lucha armada y ponían sobre la mesa la necesidad de acabar con la esquizofrenia que les viene afectando. Pero los artefactos de ayer indican que es necesario rebajar la euforia y que siguen existiendo pocos datos para el optimismo. Porque pese a su escasa potencia, pese a anunciar su colocación, y a no causar víctimas mortales, es necesario interpretar la acción con toda su crudeza. ETA ya no mata cada mañana porque no puede. Porque carece de capacidad. Tengámoslo presente. Pero puede volver a hacerlo en cualquier momento, porque la paranoia y la demencia de sus dirigentes y de los miembros de los comandos que aún mantiene activos les hace vivir sólo para este objetivo. Los atentados de ayer no han sido más que un aviso. Para devolvernos a la realidad a los muchos españoles que, inocentes de nosotros, teníamos la ilusión de que un nuevo tiempo estaba a punto de llegar. Ya decía Balzac que lo mejor de la vida son las ilusiones de la vida. Aunque a veces se frustren. Como nos pasó ayer. Información