LAS PERSONAS con sentido común son un tesoro. Sobre todo cuando, por una especie de epidemia, muchos de los que las rodean pierden esa cualidad elemental, que si es siempre indispensable, lo es más, si cabe, para dedicarse a la política. Manuel Marín, hombre cabal donde los haya, he evitado, así, con su característica prudencia, que la llamada semana trágica del Gobierno socialista culminase con un verdadero escandalazo. Su radical negativa a admitir una nueva votación sobre la ley previamente rechazada en el Congreso tras la inconcebible incomparecencia de 18 diputados del PSOE ha evitado, por fortuna, a Zapatero y a los suyos un ridículo espantoso: el que hubieran hecho finalmente de seguir empeñados en forzar lo que era a todas luces ilegal. Tan ilegal que parece increíble que la vicepresidenta del Gobierno, juez de profesión, pudiese considerar hace tan sólo una semana que la repetición de esa votación resultaba una solución lógica y factible para un problema del que ella y sus colaboradores son, por omisión, los responsables. Pero, a lo que se ve, es esa epidemia que, como plaga de la langosta, se ha cebado estos días con algunos miembros del Gobierno, la que provoca que éstos se dejen en casa el sentido común que los políticos nunca deberían olvidar. De habérselo llevado en su carterón ministerial, la vicepresidenta no habría cerrado un acuerdo para popularizar la Constitución europea en Gran Hermano , idea tan original como insensata, que quizá pueda servir para que aumente la cuota de pantalla del programa rey de la telebasura nacional, pero no para que nadie se tome en serio una Constitución publicitada en un lugar tan poco apropiado para ello. También anduvo ligero de sentido común el ministro de Asuntos Exteriores, quien por su mala cabeza deberá acudir hoy a dar explicaciones al Congreso sobre un episodio que parece de opereta: el protagonizado por un miembro del Gobierno que decide asistir a uno de esos debates destinados a quienes consideran que pensar es un engorro, y que una vez allí pierde los nervios y lanza, sin venir a cuento y sin aportar ninguna prueba, una acusación de extraordinaria gravedad, lo que coloca al ministro, de inmediato, en la posición de un bocazas imprudente. ¿Por qué suceden todas estas cosas? Es difícil de decir, aunque algo ha de tener que ver en todas ellas ese vértigo que produce el mando en plaza. Y con el vértigo, ya se sabe, resulta muy difícil mantener el equilibrio. Pero, para recuperarlo una vez perdido, es necesario, en todo caso, dominar la tentación más irresistible que acecha siempre a quienes están en el Gobierno: la de considerar un traidor a todo aquel que le afea sus errores.