LAS CABEZAS rectoras de la Universidad de Santiago se fijaron el objetivo fantasmagórico de convertirla en un centro de referencia europea. Lo malo es que tampoco encuentran la manera de pagar los pufos que dejaron sus valedores. Como si no supiesen el daño que hacen los titulares negativos, los órganos de gobierno le montan un cirio al cátedro de una asignatura que no cree en la calidad basada en las rebajas de junio y septiembre. ¿Acaso le tiraron alguna vez de las orejas siquiera a uno de los que dan aprobado general para evitarse molestias? Claro que no, pero sucede que ahora temen la estampida de estudiantes a otros pastos, es decir, la pérdida de ingresos por matrícula. Eso se llama seriedad: antes la caja, después la mercadería. Para aliviar la «anónima», insisten en hacer eméritos a los docentes que accedan a jubilarse antes de su tiempo, tocomocho que un claustro con vergüenza no toleraría. Primero, porque eso desvirtúa la figura ideada para premiar la brillantez, que no la fecha de nacimiento. Segunda, porque si las demás universidades públicas no hacen lo mismo, la compostelana cometería con sus servidores un agravio inmerecido. Tercero, porque empaqueta a la Seguridad Social parte de una factura que no es suya. La vieja casona de Fonseca recobraría su color con pocas medidas. La primera y principal, que los grupos organizados que controlan los centros de decisión se disuelvan y los políticos frustrados que los dirigen retornen a las labores propias de su edad y empleo: investigar y dar clase. A lo mejor le toman gusto. Las penurias financieras de la USC no pueden ocultar la cuestión de fondo: el actual sistema universitario de Galicia, hijo bastardo de la irresponsabilidad de boinas y birretes, es insostenible. Hay que afilar las tijeras.