Ecología sumergida

| ANTONIO PÉREZ CRIBEIRO |

OPINIÓN

LA NECESIDAD de proteger los ecosistemas de las grandes profundidades marinas es incuestionable. A diario, descomunales buques arrastreros asolan los fondos aniquilando miles de seres vivos. Exterminan irreversiblemente corales milenarios y, con ello, el hábitat de numerosas especies, sentenciándolas a muerte. Muchas de ellas se extinguirán sin llegar a ser conocidas por la ciencia. Un buque de estos puede barrer en pocos días una extensión equivalente a todo el municipio coruñés y, a menudo, la boca del saco es de tal magnitud que dentro cogería perfectamente el palacio de María Pita. Semejante desatino tiene por objeto la pesca industrial de unas cuantas especies de muy lento crecimiento. Es probable que los peces capturados no sólo sean más viejos que muchos de nosotros, sino que algunos pudieron haber nacido cuando Filipinas y Cuba eran españolas. No es de extrañar que las poblaciones cayesen en picado al poco de comenzar su pesca: en tres años, las capturas de pez reloj anaranjado disminuyeron veinte veces, y lo mismo, o peor, sucede con otras especies como granaderos o brótolas. Esta realidad justifica los fines -no las formas- de la campaña impulsada a nivel mundial por la coalición para la defensa de las grandes profundidades marinas. Lo que ya no se entiende es la razón de tal despliegue de medios, considerando que, sin ir tan lejos, aquí y ahora, nuestros mares están infinitamente peor y a nadie parece preocupar demasiado. Todos los días, grandes arrastreros destrozan los fondos de Galicia, con sus puertas y pesos, ya sean de coral, roca, arena, o fango. Capturan doscientas especies para comercializar tan sólo un puñado, y de éstas, la práctica totalidad son inmaduros. Descartan, tirando al mar ya muerto, un peso equivalente, cuando menos, al que almacenan. Pretende dar imagen de sensatez publicitando la incorporación de grillas a sus redes, o mallas más grandes, para «dejar escapar los peces pequeños», omitiendo que sólo sobrevive el 10%. Por cada kilo de pescado obtenido, gastan cinco veces más combustible que un barco artesanal. Y además de todo este tremendo desbarajuste medioambiental, suponen la ruina para miles de pescadores de la bajura gallega. En ningún otro arte de pesca confluyen tantas barbaridades como en el arrastre, pero es muy difícil poner el cascabel al gato cuando es precisamente el gato el que decide quién custodia el cascabel. Las vedas implantadas para el arrastre han dado resultados excepcionales y, sin embargo, se está tramando su eliminación. A la flamante Federación Galega de Confrarías se le presenta aquí una oportunidad idónea para librarse de su cuestionada falta de independencia, mediante la firme defensa y ampliación temporal de estas vedas. Y lo mismo para el ecologismo autóctono: seguro que es preferible irse al Hatton Bank a colgar pancartas, y luego contar la aventura a los amigos, que defender nuestras merlucitas de toda la vida. Pero, ¿qué fue del