La «realidad real»

OPINIÓN

27 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

LA CIUDAD se construye todos los días. Se hace, sencillamente, viviendo. Te secuestra cuando te dejas inundar por los acontecimientos ordinarios. Se disfruta o se sufre. Se analiza cuando se suscita el debate en torno a ella. Escribir supone un intento para explicarla o para transportarla al imaginario colectivo. Por eso la ciudad ha sido y es materia del pensamiento y de la literatura. Entre las interpretaciones de la aglomeración urbana como «la impotencia de cada uno para bastarse a sí mismo» de Platón y «el vínculo social de los distintos intereses» de Rousseau, la ciudad hoy en día es, sobre todo, un gran lugar donde vivimos tres mil millones de personas, un tercio de ellas casi en la miseria absoluta. Un lugar al que se le exige, por lo tanto, capacidad para generar respuestas colectivas a los problemas de la vida humana. Ese espacio común conectado por cables y por ondas en torno a los flujos y mercados mundiales del capital y de la información, sigue siendo receptor de movimientos migratorios y pivota sobre la movilidad en función de los nuevos tipos de trabajo, poniendo en contacto continuo a sus habitantes. El tiempo y su relación con la localización del trabajo, la vivienda, el ocio, le da a la ciudad un perfil tridimensional. Pero, pese a todos esos mecanismos de comunicación, podemos estar segregados o, peor aún, impermeabilizados frente a la exclusión de nuestros conciudadanos mundiales. Cuando escucho diversas opiniones en debates y conferencias, percibo proximidades y lejanías que parecen extremas. Proximidades cuando se entiende que la ciudad es un común proyecto multiforme, educativo, cultural, urbanístico, económico, social, político... Distancias cuando se concibe sólo como un asunto economicista, donde el planeamiento y la acción pública deben ir por detrás de lo privado y, como se dice, sin molestar mucho. O cuando se asume que el binomio políticos-sector inmobiliario reclasifica, ordena y dispone del territorio a su antojo, con la disculpa de garantizar su construcción. Me pregunto si entre estas opiniones y formas de hacer la ciudad tan encontradas puede haber un nexo, aunque sea débil. Quizá las cosas han cambiado demasiado sin que nos hayamos dado cuenta y se sugiere o se impone una nueva forma de ordenación. No es que la realidad real sea la óptima, ni la más convivencial, ni la más justa, pero el hecho es que va insistentemente por delante de las propuestas académicas. Da miedo dejar que esa realidad real no tenga límite, poniéndose al amparo de la llamada nueva sociología y del mercado. Pero si es verdad que no debemos empecinarnos en imponer la forma estricta de la ciudad, también cabe plantearse si es posible dar forma y racionalidad al compulsivo crecimiento urbano de la contemporaneidad. Quizá deba surgir un nuevo urbanismo que parta de la cualificación del proyecto, de la imaginación en la formación del espacio, en idear ambiciosas tipologías para la vivienda y los demás usos, en el diseño más inteligente de las rótulas e infraestructuras y en imponer un sistema de trabajo multidisciplinar. Siempre, eso sí, con una pedagogía y una ética como instrumentos para crecer bien.