ESA ES LA CUESTIÓN a la que le vengo dando vueltas desde hace algún tiempo. Fue incluso motivo de una reciente conferencia que pronuncié en la madrileña Casa de Galicia. Mi tesis se vertebra en torno a lo duro que resulta, fuera de Galicia, ser gallego, y ejercer como tal a tiempo completo, full time . Me está resultando una suerte de condena de alguno de esos trasgos de apariencia amable, que yo hasta ahora consideraba livianamente juguetones. Estar de guardia permanente, estar en guardia permanentemente es la insoportable levedad del ser gallego. Y propongo, por lo tanto, disolver el falso sentimiento de galleguidad o cuando menos concedernos un año sabático que nos libere de tamaña responsabilidad. Militar en este bando trae duras consecuencias. Por ejemplo, justificar y explicar cotidianamente el Plan Galicia a todo aquel que te inquiere y te requiere, causa severos problemas que te acercan de forma irreparable a un serio principio de esquizofrenia; interpretar los vaivenes, las discordancias entre las tribus boinantes y la gaya fraternidad del compostelano birrete, aproximan a quien esto suscribe a un principio de depresión endógena que puede acarrearme graves consecuencias de salud, y ya no digo escudriñar en las entrañas de las ocas para contestar a quien me pregunta por la improbable sucesión del presidente Fraga. Estos ejemplos son nimiedades comparados con la paranoia de sentirte todo el día amenazado con no parecer gallego. Hay que evidenciar tu galaica condición, esperan de ti que te quedes siempre en el rellano de la escalera, y defraudas a tu interlocutor si aseguras rotundo que estás bajando o subiendo, según se tercie. Nimiedades en comparación con la asistencia a los treinta mil magostos, a las cien mil fiestas del marisco, las trescientas mil jornadas gastronómicas que periódicamente celebra la gallega cofradía del ailalelo en Madrid y su periferia con la banda sonora de la rianxeira o catro vellos mariñeiros como colofón. No hay hígado que lo aguante. Se lo aseguro. Mi consejo no tiene vuelta de hoja. Tal vez pasar a la clandestinidad cambiando el apellido y el lugar de nacimiento en el carnet pueda ser una de las soluciones, aunque es bien sabido que un gallego puede nacer donde le plazca, ya que pertenecemos al país más grande de la tierra, pues según atestigua la tradición nómada y errante de este viejo pueblo, allí donde está un gallego habita la nación entera, está el país, se refunda Galicia. Está bien eso de la refundación, o la refundición, igual todo se arregla con un nuevo talante -je, je-, una nueva forma de ser que conlleve la expulsión de todos nuestros fantasmas colectivos, un rumbo nuevo como pueblo con una dosis de legítima soberbia y una tonelada de autoestima por metro cuadrado. O eso o nada, o eso o el diván del sicoanalista. Gallego, dimisión como tal, comienzo a decirme, tal vez lo arregle con el año sabático, o convirtiéndome en un impostor que suplante mi propia personalidad. Sería más literario y acaso más útil. Tengo bien claro que así, a tiempo completo, yo no puedo seguir. Acaso debo elegir un par de horas diarias para reeducarme como gallego.Y a les iré contando, pero entre ser y no ser prefiero estar.