LA POLÍTICA es un mundo en el que todo está relacionado. Y por eso voy a hacer un ejercicio retórico en el que las arduas y exitosas batallas protagonizadas por los gallegos, siempre de una en una, aparecen aquí mezcladas y en su dimensión más compleja. El coro lígneo de la catedral metropolitana, cuya costosa recuperación nos llena de orgullo, todavía estaba en buenas condiciones cuado yo era niño, antes de que alguien lo desterrase a la iglesia de Sobrado, llena de goteras, para que se pudriese en silencio bajo los excrementos de los gorriones. Pregunta: ¿Cuántas joyas artísticas se están pudriendo hoy, por falta de políticas racionales, para que podamos hacer fantásticas restauraciones dentro de treinta años? También hemos iniciado una campaña para que Galicia no pierda «de repente», a partir del 2007, los fondos europeos. ¿De repente? ¿Nadie nos había avisado? ¿Qué hemos hecho con la riada de dinero recibido? ¿Por qué no estamos en condiciones de soportar el final que los propios fondos pretendían? Otra vez estamos con Izar a vueltas. ¿No sabía el Gobierno lo que iba a pasar? ¿No lo sabía Zapatero cuando habló en Sestao? ¿No lo saben los sindicatos, los trabajadores, los armadores, la Xunta y los monaguillos de Fene? ¿Tiene sentido plantear batallas perdidas de antemano? La gente del mar cree que se puede desautorizar a Greenpeace de una sola tacada, como si lo que fue verdad ayer ya no lo fuese hoy, y los que eran fenomenales hablando del Prestige, fuesen una multinacional agresiva cuando plantean problemas que nos comprometen. Los dogmas no son buenos, ni antes ni después, pero no creo que adelantemos nada si, además de considerarnos víctimas del Estado, de Magdalena Álvarez, de Bruselas, de la SEPI, de las compañías aéreas que vuelan a Porto y de Bush, también nos proclamamos víctimas de Greenpeace. La economía que más crece -dice la Xunta-, con recursos tan envidiables como el Xacobeo y los fondos de cohesión que fluyen hacia la cola de Europa, necesita moderar los salarios, ya que nadie tiene otra fórmula para ganar competitividad. Por eso insisten -Orza y Fraga- en que hay que frenar los salarios más bajos de España. Todos, supongo, menos los de Izar, porque esos no dependen de la productividad. ¿Se puede hacer un puerto exterior -¡y un puerto seco!- antes de terminar otro? Es evidente que sí, siempre y cuando se repartan entre ellos los recursos que existen para conexiones y equipamientos. ¿Tiene sentido tirarse de los pelos por cada fracaso concreto? Si, por supuesto, siempre y cuando se renuncie a gobernar. Porque la actividad política está llena de recovecos, y siempre acaba cuadrando todos los balances.