LA DECISIÓN final de declarar muerto a Arafat, quizás tras haber llegado a un acuerdo entre su viuda y derechohabientes políticos para repartirse sus fondos, añade el problema sucesorio a un régimen personal, violento y autoritario de poder, pero también abre alguna esperanza de futuro, misión imposible mientras tan tenebroso personaje siguiera vivo. Y es que el fallecido líder constituía más parte del problema que de su solución. En efecto, hay que volver a intentar una salida duradera y razonable al problema palestino. Porque mucha gente sufre hacinada en condiciones límite y se encuentra en una situación desesperada. Además de la miseria física es preciso luchar contra la moral, la esclavitud psicológica que conlleva el fanatismo, la violencia interiorizada, el envenenamiento mental que hace ver que la supervivencia propia sólo se logra exterminando al otro. Es preciso tratar de reconstruir un marco de coexistencia no violenta. ¿Cómo? Se constata que históricamente el fenómeno religioso ha contribuido más a empeorar las cosas que a mejorarlas en tan atormentado lugar. Occidente no puede renunciar a su fuerza militar, y menos cuando tiene que hacer frente a graves amenazas para su seguridad, pero forma parte de ésta extender el antiguo sentido ilustrado de la Moral universal, aquélla que se basa en lo que todos los hombres tienen de común sin distinciones de carácter étnico o religioso: la razón y la dignidad humana. Mientras se arrumban el mito caudillista de Arafat y el sionista de la supremacía, se puede recuperar el de Abraham, el patriarca común de unos y otros y su búsqueda de la Tierra prometida: la utópica de la razón corrigiendo la tradición.