LAS ELECCIONES últimamente deprimen mucho. Se vio en este país hace ocho meses y se ve en Estados Unidos ahora: anda mucha gente de bajón con los resultados. En buena lógica, no debería pasar. La democracia consiste, precisamente, en que ganen los preferidos por el pueblo, los que más se acercan a los problemas que los de a pie padecemos. Entonces, ¿a qué vienen estas depresiones? Parece normal que uno se alegre si vencen sus candidatos y que se entristezca un poco si pierden. Pero no tanto que se precise un esfuerzo descomunal para tolerar la opción contraria. Si esto sucede, como parece el caso, algo grave ha ocurrido: hemos dejado de estar de acuerdo en lo fundamental, en aquel conjunto de ideas, principios y valores que nos cohesionaban como pueblo, como cultura, como civilización. Es decir, se ha sometido a votación, acaso por vez primera, lo hasta ahora intocable, el núcleo duro de lo común: se ha votado lo que hace posible la votación misma y le da sentido, lo pacíficamente aceptado por todos. Delibes dice que los mayores ya no mueren de viejos, sino de asco. Repensar lo que nos une y aparcar las poses «anti» parecen las primeras salidas de esta autopista insegura. psanchez@udc.es