LOS GALLEGOS tenemos una suerte que no la merecemos. Por cenizos. Estamos todo el día quejándonos cuando somos unos privilegiados. Somos unos afortunados, instalados en el lamento. Van a ponernos un tren que nos colocará en Madrid en 20 minutos. Un puerto exterior que se van a enterar los holandeses. Nos levantarán un centro para prevenir la contaminación marina. Nos van a cruzar Galicia de autovías, hacia arriba, hacia abajo y hacia todos los lados. Construirán unos remolcadores que serán la envidia de los ecuatorianos. Nos van a separar el tráfico marítimo. Van a retirar los petroleros de un solo casco y nos van a poner a vivir como unos señoritos. Pero son muchas cosas y el tiempo es el que es. Los días son cortos y hay que tener paciencia. Hoy hace sólo dos años que Mangouras y su petrolero se esnafraron ante nuestras costas. Y de momento ya hemos conseguido que el capitán griego siga retenido en Barcelona, que ya es mucho conseguir. Pero estos días, con eso del segundo aniversario, andan diciendo que estamos igual que el día de la catástrofe. Y que si volviera a ocurrir sufriríamos lo mismo. Se ha hecho incluso más de lo que se pudo. El anterior, que ahora anda por Georgetown como profesor asociado dando clases de patriotismo, bastante hizo para no haber pasado nada. Los de ahora han tenido que saldar la deuda histórica con Andalucía y negociar con los catalanes y se han quedado a dos velas. Pero aún así se ha hecho mucho. Tenemos carriles-bici, carriles-perro y pantalanes para veleritos. Y nos han atiborrado las corredoiras de carteles del Plan Galicia. Así que no nos quejemos. Porque en estos dos años nos han llenado de promesas. Quevedo decía que «nadie ofrece tanto como el que sabe que no va a cumplir». Pero no hay que hacerle mucho caso porque tenía un carácter del demonio.