ME IMPORTA un pimiento que José María Aznar se haya reunido con el presidente Bush y mano a mano se hayan desayunado un buey al espeto con coca-cola y patatas fritas. ¿No habíamos quedado en que Aznar ya no estaba en la vida política? Pues, si está retirado, puede hacer de su capa un sayo, reunirse o acostarse con Bush, besarlo en los morros, comprarle muñecas a su señora, o hacer pis en el retrete privado del despacho oval, según se sale a la derecha. Es su libertad, su privilegio, su gozo en la sombra y su placer personal. Lo ha ganado. Me importa, en cambio, que la política exterior sea entendida y presentada como un juego de niños que se ponen a reprocharse en el patio del colegio: anda, que a mí me recibe, y a tí te tiene esperando al teléfono; ni siquiera se te pone. Me importa el aldeanismo de este país, que mira a la Casa Blanca como si fuera el templo donde mora un dios capaz de premiarnos con el cielo o de enviarnos las plagas de Egipto; con tal complejo de inferioridad, que ciframos nuestro progreso en una sonrisa del último emperador. Me importa la actitud de muchos medios de comunicación, que aplauden la entrevista. Pero no para felicitar a Aznar por su éxito personal, que lo merece, sino para darle patadas a Zapatero, presidente del Gobierno del Reino de España, en el mismo lugar donde Rodríguez Ibarra le manda que meta el indulto de Vera. Me importa que el señor Aznar haya transformado esa visita aparentemente privada en una embajada del Partido Popular, que es muy importante, pero sólo es una parte de España. Y el señor Aznar la transforma en eso cuando sólo se preocupa de informar rápidamente a don Mariano Rajoy. Me importa, después de esa utilización política y partidista, no saber de qué han hablado ambos líderes mundiales. Porque no me creo que hayan dedicado esos sabrosos cuarenta minutos a discurrir sobre «el futuro del centro-derecha» en el mundo. Y sí pienso, en cambio, que han dedicado mucho a España y a ese muchacho que retiró las tropas de Irak. Y me estremece pensar qué se ha dicho después del artículo en el Wall Street Journal donde se avisa de que «algunos lo van a pasar muy mal». Me importa que, con esos argumentos y sospechas encima de la mesa, el señor Aznar no haya tenido el detalle de informar a la Presidencia del Gobierno de España, aunque no sea formalmente obligado, y se dé por satisfecho con la heroica e histórica misión que, según estos indicios, le llevó a la Casa Blanca: dejar en ridículo al presidente del Gobierno de mi país. Y me importa y me duele que, por estas últimas razones, un hombre que ha servido tanto a España, ahora pueda ser acusado (véase E. Gondredo de ayer) de falta de lealtad institucional.