CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
09 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.SON DOS idiomas, irrepetibles. De los grandes artistas se dice que crean un lenguaje propio, intransferible, como el cepillo de dientes. En la virtud está la trampa. Se nota en sus trabajos más recientes. El último Gabo se parece tanto a García Márquez. El último Woody es una copia de Allen. A veces rechina saber que Gabo va a escribir de una Colombia irreal, donde siempre está a punto de levitar alguien, cuando en su país los que se van al cielo lo hacen con dos tiros en la cabeza. El NY de Allen es de matrícula (I love NY). Las parejas viven estupendas en unos pisos increíbles. Están siempre tumbados en la cama o en el psicoanalista. No hay atascos. El único crack es el del 29. En Gabo no falta su sello: «Bailamos tan pegados que sentí circular su sangre por mis venas». En Woody, sus perlas de Tiffanys: «¿Cómo voy a dejar a mi mujer? Si no fui capaz de cambiar de pedicuro cuando me operó el pie sano». Tengo la sensación de que los libros y los filmes de estos dos son sólo uno, con el que enamoraron más jóvenes. Gabo cuando soñó Cien años de soledad. Y Woody cuando rodó y bordó Manhattan. Es exquisito repetir el postre favorito en casa, pero y ¿la intemperie de un sabor nuevo? cesar.casal@lavoz.es