MARIANO Rajoy ya no puede negar la crisis. Su precipitado aterrizaje en Galicia, y su tensa y corta entrevista con Fraga en el Pazo de Montepío, confirman los peores presagios. Y, no habiendo sido capaz de operar en limpio, cuando todavía era posible, no tiene más remedio que escoger entre dos alternativas: demostrar que es él la autoridad, y ganarle el pulso a Fraga, o poner en evidencia su falta de liderazgo y renunciar a la Moncloa. Tanto en el XIV Congreso Nacional como en el posterior Congreso del PP de Galicia, Mariano Rajoy jugó al empate. No quiso enfrentarse a Fraga, porque tenía miedo de quedarse solo con la responsabilidad de la primera derrota cosechada en Galicia. Pero tampoco quiso jugar con Fraga, porque sabe que la candidatura del presidente está pendiente de un hilo, y que una sucesión mal pilotada puede mandar a casa a Núñez y sus muchachos, para instalar en Raxoi a Baltar y a todo el coro de los ruralistas. Por eso optó por estrenar su presidencia haciendo de don Tancredo, y dejando que Fraga hiciese lo que siempre hizo: situarse en el centro del juego, olvidarse de que el partido es un complejo equilibrio de objetivos y estrategias, y poner toda la política gallega en la órbita de su biografía, para, al histórico grito de « après moi le déluge !», ganar la quinta mayoría. Pero no se puede tensar tanto la cuerda sin que se rompa. Y todo indica que las fisuras abiertas por el insólito chantaje de Baltar han degenerado en un enfrentamiento sin cuartel, en el que, al mejor estilo del Oeste, «uno de los dos sobra en este pueblo». La dignidad de Palmou sólo puede salvarse si se va, o si se permanece en su puesto con plena autoridad. Pero eso obliga a poner fuera, sin contemplaciones, a Baltar y a Cuíña. Y la dignidad de Rajoy sólo puede salvarse si es capaz de demostrar que domina la situación y que mantiene los objetivos encomendados a Núñez, Palmou, López Veiga y Pilar Rojo. Y eso es tanto como enfrentarse a Fraga a cara de perro y pedirle que se retire, dignamente, antes de las elecciones. A base de negar las evidencias, hacer enjuagues y mezclar las churras con las merinas, lo que hicieron Fraga y Rajoy fue acelerar dos expresos que circulaban por la misma vía en dirección contraria. Y, si bien es cierto que ambos tenían la intención de cruzarse en el apartadero electoral, la insólita precipitación de los acontecimientos hizo que fallase la estrategia, y que los trenes se avisten cuando ya no pueden parar ni quedan cambios de agujas. Y es que, forzando la cita de Maquiavelo, también aquí es verdad que «el que tolera el desorden para evitar la guerra, tiene primero el desorden, y después tiene la guerra».