LA FRASE de ayer ha sido ésta: «No hago declaraciones». La dijeron el presidente, los ministros y todo socialista al que pusieron un micrófono delante. Felipe González -cuya relación con Zapatero le lleva al trabajo ocasional y no remunerado de ayudar al cuidado de los jardines de La Moncloa- lo acababa de meter en un compromiso histórico: la solicitud de indulto para Rafael Vera y Rodríguez Colorado. Es lo que se llama un embolao . González, en esta oportunidad, resolvió uno de sus clásicos conflictos entre el corazón y la razón con un golpe de cordialidad. De vuelta como está de la contienda política, con el alma serenada porque ya no está Aznar en la Presidencia, se dejó ganar por el afecto debido a uno de sus colaboradores a lo largo de tantos años. Y entendió que pedir el indulto era un deber de conciencia con el amigo. Le importó un pimiento el problema que le causaba al Gobierno y, personalmente, a Rodríguez Zapatero. ¿Y ahora qué va a hacer el presidente? De momento, pensar. Y esperar a que el tribunal que dictó la sentencia se pronuncie sobre la solicitud. Si la opinión judicial es contraria, le da resuelta la mitad de la decisión. Si es tibia o favorable, lo pone en la encrucijada: sentirá el deber de partido de ayudar a uno de los suyos, tal como le pide el más notable de los suyos; pero sentirá el peso de una opinión pública que no entenderá esa medida de gracia. No la entenderá, porque éste es un país donde, en esos niveles, hay más tolerancia social con el crimen que con el robo. Rodríguez Galindo disfruta de un indulto camuflado en razones de salud, y la noticia ha sido digerida sin gran dificultad. Roldán solicitó el tercer grado, y se opuso todo el mundo, empezando por el fiscal general del Estado. Vera no es Roldán: según lo que sentenciaron los jueces, ni se llevó tanto dinero, ni hizo la tropelía de meter la mano en la caja de los huérfanos de la Guardia Civil. Pero se le hizo un símbolo de la alegría con que se manejó el dinero de todos. Además, la opinión pública no entendería ese indulto por otras dos razones: primera, porque supondría que se legitima el uso fraudulento de los fondos reservados. Y segunda, porque supondría un trato de privilegio para una persona, básicamente por razones de amistad, y eso significaría una flagrante desigualdad ante la Ley. A todo eso debe añadir el señor Rodríguez Zapatero estas consideraciones: si concede el indulto, le acusarán de complicidad con la vieja corrupción o de no saber romper con lo peor del felipismo. Y los «servicios a la democracia» que alega González no pueden valer para exculpar a nadie de un delito. Si valieran, todos los servidores públicos estarían legitimados para robar.