¡Qué bonito es ser un país normal!

OPINIÓN

«LA GENERALITAT crítica la incomprensión de Madrid hacia las selecciones catalanas»; «Ibarretxe insiste en que el tren de la soberanía es imparable »; «Industria podría aprobar el dominio cat. en Internet»: esas tres noticias, que La Voz publicaba ayer en una plana, resumen con una claridad insuperable el atolladero en que se encuentra este país. Así estamos a los 25 años de aprobarse los Estatutos vasco y catalán: con el PNV empeñado en marchar hacía la independencia, aunque para ello tenga que violar las reglas del Estado de derecho y fracturar en dos al País Vasco; y con el socialismo catalán convencido de que la única forma de competir con el nacionalismo en Cataluña es asumir, una por una, todas sus reivindicaciones nacionales. Dado el colosal cinismo de Ibarretxe, a nadie le sorprende ya verlo despreciar el Estatuto en el que se ha basado el poder de su partido durante ¡un cuarto de siglo!: el único, por cierto, en que el País Vasco ha existido como tal. Más llamativo es, por el contrario, ver a Maragall asomado el balcón de la Generalitat celebrando, en medio de banderas separatistas y de gritos por la independencia, una victoria deportiva, que de deportiva tiene sólo el que ha sido obtenida en un campo de deportes. ¿Qué decir, en fin, del hecho de que un miembro del Gobierno se comporte como una especie de delegado de Cataluña en el ejecutivo del Estado y levante una bandera, la del dominio cat., que, como la de las selecciones autonómicas, ha sido tomada del nacionalismo catalán? ¿Es que acaso el ministro de Industria desconoce que el organismo internacional regulador sólo concede autorizaciones de dominios a Estados reconocidos por la ONU? ¿No le parece al señor Montilla -cuyo catalanismo era ignorado hasta que Maragall ganó las elecciones- que si alguien no debe generarle otro conflicto por los símbolos al Gobierno del Estado es precisamente un ministro del Gobierno? Pero no se molesten ustedes en buscar una respuesta racional a esas preguntas, porque esas preguntas sólo son concebibles en la espiral de locura identitaria en la que parece haber entrado de nuevo este país, locura que por lo que se ve ha afectado seriamente a una parte de la dirección del PSC. El president del Parlament envió el sábado al de la Generalitat un mensaje celebratorio de la victoria del hockey catalán: «¡Que bonito es ser un país normal!», decía Benach a Maragall. ¿Cómo dudarlo? Tan normal, que resulta posible en él que unos nacionalismos periféricos cuya voracidad es insaciable no hayan generado un nacionalismo español de características idénticas. De haber sido de otro modo, todo resultaría anormal y hasta quizás insoportable.