LA DESARTICULACIÓN de una nueva célula terrorista islamista vuelve a despertarnos del apacible sueño del que disfrutábamos. Y nos sitúa en la cruda realidad de saber que hay quienes viven para el terror y la destrucción. Pero al tiempo que nos felicitamos, nos estremecemos al conocer los detalles del atentado con el que querían conmemorar el anterior del 11-M. Para los escépticos, que los hay, que pensaban que la victoria socialista nos iba a evitar este tipo de sobresaltos, la realidad les saca de su error. El terror no tiene lógica. Por eso, ni el 11-M se produjo por la intervención española en Irak, porque ya se había planeado con antelación. Ni el objetivo de los fanáticos islamistas era desalojar al PP y que gobernara el PSOE, como se acaba de demostrar. El fin único de los asesinos es siempre la aniquilación y el caos. Pero lo preocupante de todo esto es que este nuevo episodio de la «guerra santa», nos pilla a los españoles como siempre. Enzarzados en plena discusión sobre el anterior. Nos sorprende porfiando sobre quien mandó los mensajes telefónicos, quien ocultó información y quien dijo lo que dijo que después no había dicho. Cuando deberíamos de estar hablando de la facilidad con la que se compran explosivos, de las excarcelaciones incomprensibles, de la descoordinación de las fuerzas, de órdenes incumplidas, de mala circulación de la información y, en definitiva, de los fallos clamorosos que propiciaron el 11-M y que pudieron haber permitido otro similar. Especialistas antiterroristas, de 40 países, acaban de llegar a una estremecedora conclusión. Hay que esperar en los próximos meses grandes atentados porque la amenaza islamista no ha hecho más que empezar y lo peor está por llegar. Y nosotros así. En la inopia. Ejerciendo de papanatas, que es lo que somos.