La feria de las vanidades

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

DESDE hace varios lustros acudo puntualmente cada octubre a la Feria del Libro de Francfort. Lo que era un gigantesco escaparate de la universal oferta editorial se ha convertido en una feria del Libro Guinesss de los récords , en una feria de las vanidades donde el discurso cultural se cuenta cada año con la vara de medir magnitudes cada vez más espectaculares. Los ciento once países representados son una nadería al lado de los cincuenta mil visitantes profesionales que cada día acudimos a la feria, sólo comparable con los trescientos cincuenta mil libros expuestos en una babel idiomática que se comunica en la lengua franca del inglés, habla oficiosa de todas las ferias culturales. Autores, editores, impresores, distribuidores, agentes literarios y libreros viajamos a Francfort para ver y ser vistos. Hoy todo el pescado está previamente vendido gracias a las tecnologías de la información que cuentan el mundo del libro on-line , o sea, en tiempo real. Hace años la feria era un festival de novedades, un baúl de mil sorpresas para descubrir autores, para acercar culturas, para encontrar los pequeños tesoros de la lectura ocultos y perdidos en el fondo de un stand o en el listín secreto de autores de un agente literario. Vendíamos y comprábamos, desvelábamos todas las claves de la literatura y el pensamiento con nombres y apellidos, y el mundo era todavía un pequeño país de países. Acariciábamos furtivamente los lomos de las ediciones secretas como si nadie nos estuviera viendo. Era esa caricia prohibida de amantes apasionados. Pero aquellos viejos y añorados tiempos pasaron a los archivos públicos de Internet, que hoy es el gigantesco cementerio de nuestra memoria. Como el mundo editorial ya no es lo que era, la feria este año llegó al paroxismo, a la sobredosis de la mal llamada novela histórica, que no es sino la inflación editorial de códigosdavinci , demonios y ángeles, y un arcangélico coro de templarios varios para animar el cotarro. Añoramos a Stephen King y a Ken Follet, maestros de un género popular de calidad, que fue intelectualmente denostado, cuando inconscientes desconocíamos que lo que va mal puede ir a peor. Y durante la primera semana del húmedo otoño alemán deambulamos por las fiestas de los grupos editoriales, nos dejamos caer por los cócteles de los hoteles, convirtiéndonos en viles canaperos de salón y convenimos que este año el cóctel del pabellón español, servido por restauradores gallegos emigrantes, resultó memorable. Dentro de un par de años Cataluña va a ser el país invitado, será la primera ocasión en que una nación sin Estado tenga ese protagonismo asimétrico de fórum real y de potencia industrial en el mundo editorial. Quizás la edición catalana del Quijote nos remita a la lectura autóctona del Tirant lo Blanc . Mientras tanto, Miguel Anxo Fernán Bello, debutante en estas lides, tomaba buena nota y colgaba libros y autores gallegos de una red virtual expuesta en un stand ferial abanderado por la Xunta de Galicia. Los países árabes fueron este año los protagonistas, los países huéspedes. Occidente tiene mala conciencia para leer el acercamiento de dos culturas. Una tiene la libertad de pensamiento como bandera, la libertad de expresión y de creación. La otra da cuenta de que en un solo libro se hallan todas las respuestas a las preguntas posibles. También el velo tapó la cara amable de la feria de Francfort, mi adorable feria de las vanidades.