DIEZ: ESE fue el número de asesinatos cometidos por ETA en 1977, año en que se celebraron en España las primeras elecciones democráticas. Al siguiente se aprobó la Constitución, y ETA lo celebró elevando su cifra de víctimas de un modo aterrador: los diez muertos de 1977 se convirtieron en 66, que pasaron a ser 76 en 1979, cuando se aprobó el Estatuto de Guernica, y 92 en 1980, cuando el País Vasco eligió el primer parlamento de su historia. Ya entonces hubiera sido fácil constatar que la teoría dominante en la lucha contra ETA -la de que sólo podría acabarse con ella resolviendo el supuesto conflicto del que pretendidamente ETA era expresión- constituía en realidad una dramática engañifa, llamada a producir rendimientos nada despreciables para el nacionalismo vasco en su conjunto: era la teoría del árbol y las nueces, que el desvergonzado Arzalluz expresó en su día como nadie. La prueba evidente de que aquella teoría suponía en realidad una impostura de proporciones gigantescas se produjo cuando, pese a haber alcanzado el País Vasco un estatus de libertad del que jamás había disfrutado, ETA siguió matando con una increíble saña criminal. Ello no impidió, de todos modos, que, contra viento y marea, la mayoría de los partidos aceptasen la tesis peneuvista de que acabar con ETA exigía negociar: lo hizo UCD, y lo hicieron el PSOE y el PP. Pero esas negociaciones tuvieron el efecto previsible: convencieron a la banda de que únicamente con sus crímenes reforzaría su posición negociadora. Sólo el paso de los años y la sobrecogedora acumulación de sufrimientos llevaron a nuestros gobernantes a abandonar la impostura que el PNV había logrado imponer, pro domo sua , y a aceptar lo que la historia de la lucha antiterrorista lleva enseñando desde siempre: que la única forma de lograr que los terroristas desistan y lo dejen es persuadirlos con los hechos de que sus crímenes no sirven para nada. El Pacto Antiterrorista fue la directa expresión de esa convicción, compartida por el PSOE y el PP. Y toda la política legislativa y judicial que lo siguió, empezando por la ilegalización de Batasuna y el acoso a su entorno, la consecuencia ineluctable del abandono definitivo de la teoría de que para acabar con ETA había que hablar, antes o después, con los matones. La caída de la cúpula etarra, hoy hace una semana, confirma plenamente el acierto de una política antiterrorista que ya sólo quieren cambiar los que con el fin de ETA, lo digan o no lo digan, tienen mucho que perder. Por eso sus cantos de sirena demuestran, ahora más que nunca, que vamos en la buena dirección: la de la libertad del País Vasco, es decir, la de todos los vascos que lo habitan.