CUANDO LLEGUÉ a París, tenía algo de revolucionario, ninguna experiencia y tres veladuras de estupidez cegaban mis ojos. Ahora, a falta de haber vivido las aventuras de aquellos segundones hidalgos que se alistaban en los tercios buscando lances de amor, de espada y de fortuna, comparto con ellos una divisa que es, como yo, provocadora y resignada: amar sólo a España y a mis amigos y desdeñar la gloria regalada. Ni sueño con realizar altas empresas ni creo que ningún triunfo pueda pagar las fatigas de una vida. En una jornada versallesca ayuné sin penitencia, alegre el corazón gracias a un afamado vintage . Caída la noche, busqué cobijo en un viejo molino, rehabilitado y adaptado a los menesteres del yantar, que un asiduo me recomendara por soler otrora frecuentarlo de incógnito con pareja de real linaje europeo. Era una cálida madriguera para ociosos en la que, sin embargo, resultaban improcedentes las plegarias y entreveros de la liturgia cortesana que a tales mansiones suelen adscribir los provincianos. Entré sin llamar y me senté donde quise. Por costumbre tengo escoger primero el vino, cuando ceno solo, pero en esa ocasión la carta me lo puso difícil. La lista de vinos, adaptada al gusto de rancias estirpes, castigaba la mirada con unas cifras que incluso para un despreocupado como yo resultaban inquietantes. Sin el menor azoramiento, ante aquella carta de insultante arrogancia, se despertó en mí la virtud vivificante de nuestro pueblo, cuyo exceso, también es cierto, nos perjudica: la desobediencia. Detecté un Romanée-Conti que costaba cuatrocientas mil pesetas de la época y tomando el asunto como una afrenta personal pedí una botella con el corazón en un puño, pero la voz serena, apoyándome en la coartada que me suministraban pajarita, capa y bastón. El envite surtió efecto y la molinera, algo mayor que yo y hermosísima, me contempló sobrecogida creyéndose ante un príncipe. Cuando subió la botella, cosecha de 1947, la rechacé sin jactancia argumentado que era falsa pues mi amigo Aubert de Villaine, copropietario de las cavas Romanée-Conti, me había informado que entre 1945 y 1952 no hubo producción por regeneración de cepas. Y sin más circunloquios, o todo o nada, comandé el vino de la casa. De entrada ostras al champaña, faisán con setas después y setas con faisán de postre. Siendo el único comensal, Marie Jésus, la molinera, que ese martes lluvioso se aburría mortalmente, me atendió con primor; gentileza que devolví entreteniéndola con amañadas historias de Bradomín -antepasado mío de abolengo y valentía, imposté-, espejo de hidalgos. En llegando aquí, fascinada y suplicante preguntó: ¿Quién es usted? Le clavé la mirada, que sostuvo, y después de un largo momento respondí grave, cual juez de mí mismo: «Soy uno de los últimos españoles, y, en tanto tal, un improvisador de ilusiones. Mi única filosofía de vida consiste en una aspereza cantarina, en una desenvoltura trágica, que me salva de la vulgaridad, de la felicidad y del triunfo». Entonces, la pícara molinera musitó enternecida: «Para usted, señor, tengo algo que le va a gustar más que el R omanée-Conti ». Un amigo me dijo que, aún hoy, cuando Marie Jésus trajina sola en la cocina se le escucha gritar llena de alborozo: «¡Vive la Galice!».