DESDE MUY ANTIGUO se utilizaba el azabache, llamado piedra Gagates por Plinio, con fines mágicos, medicinales o artísticos. San Isidoro, en el libro XVI de los Orígenes, se hacía eco de sus virtudes mágicas y protectoras. Los primitivos textos islámicos explicaban que en España se ponen los azabaches al cuello de los niños para librarles del mal de ojo. A partir del siglo XIII su virtud protectora se liga a la forma de tallado y no sólo a la naturaleza de la piedra. Se extiende así la figura de la higa , forma que ya se había encontrado entre una colección de antiguos amuletos púnicos ibicencos. En Santiago se utilizaba el azabache de origen asturiano pues las ordenanzas compostelanas le declaraban como el único bueno para el trabajo de los cofrades del Gremio de azabacheros, cuyo momento de mayor esplendor se encuentra durante la primera mitad del siglo XVI, basando su iconología en el arte románico. La decadencia de la industria azabachera compostelana comienza a finales del siglo XVI y se agrava a principios del XVII a causa de la crisis de peregrinaciones. En efecto, es muy curiosa la evolución de las formas de los azabaches peregrinos. Los más antiguos que pueden encontrarse en varios museos europeos suelen representar al Apóstol descubierto y descalzo. Después aparece con luengas barbas, bordón y sombrero de ala ancha, rara vez sedente. Pero una de las lacras de la materialización de la espiritualidad es la granjería y el abuso de la buena voluntad. En 1590, Felipe II publicó una Real Cédula prohibiendo el uso del traje de peregrino que tantas tropelías había llegado a amparar y limitando los derechos de los romeros extranjeros. Surge así desde el siglo XVII la hegemonía de la forma ecuestre del Santiago Matamoros. Un paradójico Marte venciendo a Venus como apóstol de la religión del Amor. Y la historia sigue, pero el auge actual de infecciosas en el camino de Santiago sin azabache protector preocupa a importantes investigadores.