Retrovisores

OPINIÓN

LOS DOMINGOS por la tarde, cuando vuelvo a la ciudad, me divierto en los atascos buscando un tipo de coche, monovolumen barato, y procuro ponerme al lado, delante o detrás. El espectáculo jamás defrauda. Los niños que iban jugando o peleándose, riendo o llorando, exigiendo que su madre haga esfuerzos de contorsionista desde el asiento delantero, para calmarlos, para que no abracen al padre por detrás, que va conduciendo y es peligroso distraerlo, para que dejen en paz al bebé que intenta dormir en la silla, para que... esos niños, digo, se apelotonan en la misma ventana si les saludas, y estalla un escándalo si continúas el juego. Nada que ver con la pareja que, a veces, aparece en el retrovisor: muy serios los dos, muy callados, con la mirada muy fija en un pensamiento distante, sin nada que decirse, quizá porque no han luchado lo bastante por la vida común, que viaja sola en el asiento de atrás. Siento siempre unas ganas imposibles de bajarme y darles las gracias a los del monovolumen, que tanto apuro pasan para llegar a fin de mes, y cuyos hijos pagarán mi pensión y la suya. Pero van tan contentos, sin extrañarse siquiera de que, siendo imprescindibles, tengan que ayudarse solos... psanchez@udc.es