EN EL VERANO del 2002, las paredes se pusieron a hablar: «Fraga lo tiene decidido; la sucesora es una mujer que se llama Ana Pastor». Ella lo negó siempre. No hay un ciudadano que le haya escuchado la menor apetencia, pero es igual: el Partido Popular de Galicia que se había criado y crecido a la sombra de Cuiña, Baltar y Cacharro se empezó a revolver. Era como si unos forasteros de Madrid vinieran a arrebatar sus derechos de familia. Se consolidó, al mismo tiempo, una imagen: el birrete contra la boina. El birrete era una clase política joven, moderna y urbana, compuesta de personajes con pinta de ejecutivos. Y se dedicó a presentar a la boina como lo contrario: aldeanos, caciquiles, de política antigua y clientelar. La boina, sin embargo, presenta una credencial: aporta los votos que permiten la mayoría absoluta. El birrete era una incógnita. El uso de tales símbolos suponía el germen de una división. Dos estilos. Dos imágenes. Dos aspiraciones excluyentes de poder. Después cayó Cuiña. Ese día, Mariano Rajoy estaba en el Club Siglo XXI de Madrid: frente a quienes lamentaban la crisis de gobierno abierta en la Xunta, Rajoy estaba satisfecho. Para más escarnio de la boina, Cuiña es sustituido por Núñez Feijóo, del sector birrete, que tejía su red paralela de poder. Pero la consecuencia es dramática: ya había vencedores y vencidos. Ya estaban en activo los ingredientes para una guerra civil. Fraga conduce la situación con aparente tranquilidad: con una mano tranquiliza a la boina, con la otra respalda al birrete. Ve llegar el cisma, pero piensa que, estando él en la presidencia, se impondrá su carisma. Por eso, en el momento de la gran decisión, decide continuar. «Para salvar la unidad», explica. Nombra vicepresidentes con desigual resultado: satisface a Cacharro, indigna a Baltar. Y pone la chispa. La boina sigue siendo un sector decisivo en la vida local, pero es definitivamente marginal en la Xunta. El carisma de Fraga resulta insuficiente para todo. No es que la boina lo menosprecie. Es que ve a Fraga manejado por «Madrid». Por estos antecedentes, cuando Baltar amenaza con la escisión e invoca la desatención que recibe su provincia de Ourense, no está diciendo la verdad. Está haciendo reventar lo que considera una marginación de su persona y un menosprecio de los votos que Ourense aporta. No es que se vaya. Es que, en el fondo, se siente echado del partido. ¿Y Cuiña? Cuiña, por el momento, sólo es un eslabón. Pero su conferencia del año 1992 en que propugnaba un partido galleguista, no nacionalista, se ha convertido en la guía ideológica de los rebeldes. Ahora, mientras se espera la decisiva cumbre del lunes, la situación no puede ser peor para la unidad del PP. Los del birrete (que serían los «renovadores» del viejo PSOE) no es que deseen el cisma de Baltar. Es que lo piden. Baltar es para ellos un enemigo absoluto. Quieren rematarlo. Hay algunos que, en su ansia de descalificación, le llaman «chantajista». Los rebeldes, que hablan menos, están lanzados a la escisión. Ya se lo pide el cuerpo. Ya no quieren convivir. Es la misma sensación de rechazo a la pareja que se vive en un divorcio. El PP de Galicia nunca sufrió una crisis de tal magnitud. Por eso, aunque Baltar y Fraga se dieran el abrazo el próximo lunes, la herida es tan grande que parece incurable. Y sin salida. Baltar no puede volver a sus cuarteles sin algo bajo el brazo. Pero Fraga, que se ha ido tranquilamente de cacería a Palencia, no puede ceder sin grave deterioro de su autoridad. Y todo lo que sea un arreglo, aunque se presente como sólido, tendrá aires de provisionalidad, de cambalache, de ir tirando. Lo que se ventila no es un parche de satisfacciones, sino directamente el poder. El poder del partido y de la Xunta. ¿Hay solución? La esperanza es lo último que se pierde, dijo ayer Baltar. Pero creo que no. Una crisis abierta por la exclusión de toda expectativa de poder de todo un sector puede calmarse, pero no resolverse. Una crisis donde hay tantos rencores acumulados, tanta venganza oculta y tanta aspiración aplastada, puede aplazarse, pero seguirá abierta mientras estén vivos sus protagonistas. Por lo tanto, se impone lo más traumático: romper. Sólo habría una forma democrática de continuar: convocar congreso extraordinario. Y que ganen los mejores. Pero no hay valor. Primero, porque partidos políticos acostumbrados a la unanimidad no soportan el riesgo ni la imagen de ganar por nueve votos, como le ocurrió a Zapatero. Y, segundo, porque ese congreso sería ganado, probablemente, por los rebeldes, que tienen más resortes y estructura. Descártese, por tanto, la idea, aunque sea las más deseable e incluso la más civilizada. ¿Disolver el Parlamento y convocar elecciones? Eso le piden a Fraga desde Madrid. Si dependiera de algunas de las personas más próximas a Rajoy, debería haberlo hecho ya. En todo caso, si ésa es la salida, el sentido común dice que hay que hacerlo con toda urgencia: antes de que los rebeldes organicen su propio partido. Porque, si tienen tiempo a organizarlo, no ganarán; pero restarán los votos suficientes para que el PP gobernante sea un recuerdo en la memoria de Galicia. ¿Y Fraga? Fraga habría terminado de la peor forma que nunca pudimos imaginar. Por eso la solución es la imposible: congreso extraordinario. Pero, como dicen en mi pueblo, no hay huevos.