COMO CONSECUENCIA de las derrotas electorales y del incierto futuro, las tensiones y enfrentamientos larvados que desde hace tiempo recorren el Partido Popular de Galicia han eclosionado sumiendo a la Xunta y al partido que la sustenta en una grave crisis que afecta a la cúspide de la pirámide de poder y se extiende con rapidez al conjunto de la organización. Tras la pérdida del poder el 14-M, la situación interna del PP ha variado radicalmente, también en Galicia. En la nueva situación política, Rajoy y la cúpula estatal del partido tienen enormes dificultades para mantener bajo su control al PPdeG y, desde luego, para imponerle la concepción uniformizadora y jerarquizada del partido que deriva de su visión centralista del Estado. A todo ello hay que añadir que el irreversible declive político de Manuel Fraga no le permite liderar, como pretendía, ni la salida a la crisis que atraviesa su partido ni su propia sucesión. Así las cosas, Cuiña, Baltar y sus acólitos han decidido encabezar una auténtica rebelión a bordo, y no parecen dispuestos a seguir representando papeles secundarios en la función. Aún más, es posible que hayan decidido no actuar con la compañía popular, ni siquiera como protagonistas. Porque no descarten ustedes que los líderes de la revuelta contra Rajoy y Fraga hayan sopesado muy seriamente la posibilidad de emprender en solitario la aventura de las próximas elecciones autonómicas, con el evidente objetivo de conseguir un grupo de diputados que, en un Parlamento sin mayorías absolutas, podría determinar la formación del Gobierno y, por tanto, proporcionarles un espacio de poder propio en la política gallega, del que hoy, evidentemente, carecen. En tales circunstancias, la decisión de Fraga de optar a un quinto mandato -considerada contra natura por el propio interesado-, que encontraba su último argumento en la necesidad de garantizar la unidad del PP, carece ya de todo sentido. Farol o no, el desafío de Baltar deja a Fraga sin coartada alguna que justifique su candidatura y lo releva de cualquier compromiso adquirido al respecto. Si Manuel Fraga quiere evitar entrar en la historia de forma traumática -al estilo del Calígula de Camus, tal como había profetizado Xosé Manuel Beiras- debe reconsiderar su decisión de presentarse a la reelección y facilitar la apertura de un proceso democrático en el PPdeG para acometer la necesaria renovación que lo prepare para afrontar el nuevo ciclo político, tanto si es gobierno como si es oposición alternativa. En cualquier caso, parece razonable esperar que el futuro de Galicia no se vea afectado por la lamentable peripecia del PP. Ni dependa de personajes cuyo único objetivo es la supervivencia política, y que han reducido su actividad cultural a ejercicios que sólo requieren respuestas de baja intensidad.