Los árboles y el bosque

ANXO GUERREIRO

OPINIÓN

14 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

LA CUMBRE celebrada en Madrid entre Zapatero, Chirac y Schröder, independientemente de los intereses coyunturales o particulares de los protagonistas, reviste una especial importancia por el contexto político en el que se produce, caracterizado por el duro enfrentamiento entre los apologistas de una Europa estadounidense y los partidarios de una Europa europea capaz de hablar con voz propia y de ejercer influencia en el mundo. Con la decisión de dar un impulso a la política exterior y de seguridad común, de reforzar la cooperación militar y potenciar el papel de Europa en Oriente Próximo, los dirigentes de Francia, Alemania y España no hacen sino experesar su voluntad -y la de millones de ciudadanos europeos- de avanzar hacia una Europa autónoma de Washington, dispuesta a jugar un papel protagonista en la construcción de un orden mundial más justo y democrático. Pero tal objetivo será inalcanzable si se renuncia a la tradición política europea, que es, precisamente, la causa de la importante divergencia que ha contribuido decisivamente a que dos experiencias políticas, ya inicialmente dispares, siguieran separándose hasta alcanzar las enormes diferencias existentes hoy entre EE. UU. y Europa. En efecto, al vigoroso movimiento de orientación socialista que se desarrolló en Europa a partir de la segunda mitad del siglo XIX se debe, en gran medida, nuestro actual modelo social, basado en la solidaridad y en el Estado como garante de la cohesión social. Que nada similar exista en EE. UU. es el dato más revelador del hecho de que no llegara a cuajar en la vida política norteamericana -con la excepción de la efímera vida del Partido Socialista Americano, desaparecido en 1918- el tipo de partidos y movimientos que han determinado, en cambio, la vida política europea contemporánea. Tampoco existe un paralelo norteamericano del gran movimiento ilustrado laicizante que en Europa fue la base del Estado moderno, al destruir el poder terrenal de las diversas iglesias, y, por tanto, su capacidad, como potencias feudales privadas, para disputar al Estado el derecho a definir el bien público. El hecho de que en EE. UU. no conocieran la propiedad señorial y el poder temporal de las iglesias debilitó el movimiento laico, favoreciendo que los predicadores protestantes forjaran a lo largo de dos siglos la religión civil estadounidense, que hoy reúne regularmente a más de 70 millones de fieles en las iglesias para escuchar la exaltación del fanatismo bíblico de los predicadores evangelistas de tendencia conservadora y etnocéntrica. Existe otra insalvable divergencia entre Europa y EE. UU. respecto al uso de la fuerza y al derecho de guerra. La idea europea de que el uso de la fuerza es el último recurso, contrasta con la visión antropológica de la Administración norteamericana, que presupone que la relación entre las naciones se basa en la fuerza, que es un medio como otro cualquiera para resolver los conflictos. Así pues, construir un poder político europeo autónomo es una inexcusable necesidad para contribuir a la paz y la democracia en el mundo. Que los árboles en forma de prejuicios no nos impidan ver el bosque.