Los libros quemados

OPINIÓN

DE NUEVO ardió otra biblioteca. Esta vez ha sido en Weimar al este de Alemania, fue el incendio de la biblioteca de la duquesa Ana Amalia en donde se quemaron, se perdieron para siempre más de treinta mil libros, gran parte de la memoria cultural de los alemanes, ardieron incunables, ediciones príncipe, libros manuscritos, la crónica escrita de nuestra propia historia como personas. Otros cuarenta mil volúmenes han sido dañados. Desde el incendio y la desaparición de la biblioteca de Alejandría, vienen siendo recurrentes en la historia reciente de la humanidad, las piras de libros. En ocasiones son fortuitos los incendios. Son las menos, más frecuentes son las causas que hunden sus raíces incendiarias en la intolerancia, el oscurantismo, la sinrazón y el fanatismo. Bibliotecas enteras de ciudadanos ilustrados han sido pasto de las llamas en los días no tan lejanos de la guerra civil española. Muchos de aquellos libros ya estaban condenados por la iglesia que los había recluido en el índice de libros prohibidos, donde convivían volúmenes escritos por Azaña -por utilizar el orden alfabético- y por Voltaire. Debe, en el fondo, de prevalecer la pasión, la fascinación del hombre por el fuego que unida a la vesanía que provoca la ignorancia y el desprecio por la cultura, hace vulnerable el mas bello de los objetos donde se cuentan las claves de la libertad que redime al género humano: los libros. Mi obligación ética me aconseja pensar que el penúltimo de los incendios que arrasó la biblioteca de Weimar no ha sido intencionado. Mi obligación culpabiliza, al menos como coartada, al inefable e inoportuno cortocircuito eléctrico como causante único de un desgraciado accidente. Lo que no ha sido un accidente es la espantosa monstruosidad del secuestro de niños en la escuela osetia de Beslán y su posterior asesinato. No quería escribir sobre ello, porque ya mis lágrimas me lo habían desaconsejado días atrás, pero la irracionalidad del terrorismo me devolvió a las imágenes de un vídeo rodado en el interior del colegio. En él se puede ver todo el terror que cabe en la mirada de un niño, terror e inocencia en un solo plano. El niño llevaba zapatos nuevos, y vestía una camisa blanca limpia como de estreno. Sería su sudario. A su lado un esbirro ponía su pie sobre un libro. Imaginaba yo que el libro pisoteado bien pudiera ser Guerra y paz , o tal vez L a madre , un libro escrito por Gogol o Chejov, por Dostoyeski o Pasternak, por la mano de un escritor ruso y chechenio, osetio y ucraniano, universal. Vi en ello una metáfora de la vida y de la muerte, el triunfo de la incultura sobre la ilustración, los tiempos de las sombras pisando un siglo de las luces. Después de aquel vídeo la escuela fue una pira para los niños y los libros, de nuevo el odio se convirtió en tiro por la espalda, y aquellos ,casi dos centenares de niños, no podrán interpretar el mundo en sus lecturas, porque han sido salvajemente asesinados. Yo no los olvidaré nunca, y prometo recordarlos piadosamente cada vez que mis ojos y mi mente se detengan en una línea de un autor ruso. Será mi pequeño homenaje desde un tiempo en que los libros, otra vez, son una pira funeraria donde se consumen todos nuestros sueños escritos en los libros quemados.