CHILLIDA LEKU es más que museo. Es un sueño. Las respuestas a las preguntas sobre espacio, materia, formas y tiempo, de Eduardo Chillida en su tierra guipuzcoana. Para llegar al paraje debemos atravesar esa Guipúzcoa ancestral, mítica, degradada por la contaminación y los impactos industriales. Nombres tristemente célebres por los conflictos entre los hombres, como Hernani, Andoain, Tolosa. Estamos en el Goyerri. El museo que contiene la obra escultórica de uno de los genios del siglo XX integra en un paisaje vasco de hayas, robles y magnolios las esculturas de yeso, terracota, hierro, acero, granito y alabastro, en un discurso del hombre con el mundo, elevando brazos y manos hacia el cielo. Dentro de la finca, cuidada hasta el detalle, está el caserío de Zabalaga, del siglo XVI, en el que se puede seguir la pista al artista, en sus proyectos para obras públicas, en sus aromas, dibujo, grabado, gravitaciones y escultura entre piedras y vigas de vieja madera que conforman un espacio que casi es un templo de las bellas artes. Como a la verdad sólo se llega por aproximación, a la obra final nacida de un sueño sólo se llega a través de muchos aromas, hasta crear el peine de los Vientos, protegido por el monte Igueldo, frente al Cantábrico, en la ciudad más hermosa de la península Ibérica. San Sebastián es diferente, afrancesada, decadente, con la sinfonía de las farolas más elegantes capaces de competir con las de Londres, entre la bahía de la Concha, las playas de Ondarreta y Gross, en esta última, bajo la luz nocturna de los cubos del Kursal. Donosti era la ciudad de Gregorio Ordóñez. Por ella, por su espíritu liberal apostó fuerte y perdió la vida. Tras el veraneo que sigue recordando la bella época de los comienzos del siglo XX, la ciudad se prepara con todo su glamour para el festival del cine, cerca de las elecciones presidenciales del país más poderoso de la tierra, con los pies de barro en Irak, donde se pretende con una película de Moor movilizar las conciencias de los ciudadanos norteamericanos para que cambien la página de la historia. Desde el faro de Igueldo, cerré los ojos, y me pareció ver las luces de todos los faros del mundo sosteniendo el cielo como lo hacen las esculturas de hierro del gran Chillida, implorando la paz para este país tan cercano y tan alejado de los principios para la convivencia entre los seres humanos.