ZAPATERO no sólo le ha pedido la paz por separado a Bin Laden, sino que incluso se ha convertido en propagandista de la rendición global. Pidió en Túnez una retirada general de Irak. Yendo incluso contra sus propias decisiones, como las de apoyar la resolución 1.546 de la ONU, que insta a fortalecer al gobierno provisional iraquí. Y contradiciendo el reciente envío de tropas españolas a Afganistán. Nuestro amable presidente se está convirtiendo en un político pendular, dice hoy una cosa y mañana la contraria; igual se considera un maquiavélico consumado, pero sólo está dejando a España en ridículo. No es fácil entender su lógica de comportamiento; si Tucídides nos enseñara que las claves de la acción humana están presididas por el miedo, el interés propio y el honor, Zapatero parece guiarse sólo por la primera de ellas. Su carácter unidimensional es bien perceptible en el escenario español. La política de apaciguamiento sigue el eslogan «sólo los que se muevan saldrán en la foto», y se está plegando a las exigencias de los independentistas y activistas de calle y salón. En su partido en Cataluña ya han comenzado por atacar los símbolos, la bandera española no ondeará en los balcones oficiales. Los de Carod han calado su debilidad, al igual que Izquierda Unida. Y Arzalluz ya ha dicho que habrá diálogo con ETA. Se acentúa la escalada. España se deshace sin resistencia y sin orgullo; será una vieja palabra sin contenido real. Mientras los socialistas juegan a ocultar el desastre a base de refriegas lingüísticas. Francisco Vázquez no le hizo ascos al apoyo independentista para acceder a la categoría de alcalde de alcaldes, pero ahora pone reparos al pago de las contrapartidas. Ibarra jugó a aprendiz de brujo contra la españolidad y ahora descubre que Extremadura sólo tiene un millón de habitantes, como la provincia de A Coruña, mientras que Andalucía y Cataluña la multiplican por catorce. Nadie parece haber visto que la inalterabilidad de la Constitución es la clave de la precaria unidad de España; y que no había que jugar a las alianzas peligrosas. Enfrente, Mariano Rajoy sólo ejerce la oposición a tiempo parcial. También hace de comentarista deportivo en una emisora de radio; la jornada es larga y hay tiempo para todo. Inquieta su falta de energía y su galleguidad política. En el terruño, don Manuel renueva el Gobierno con equilibrios propios del Código Cencelli, y Diz Guedes le afea la faena con una dimisión inconsciente de la gravedad del momento. Es una incógnita hasta qué punto avalará Fraga una propuesta de cambio constitucional en España a cambio de una oposición de baja intensidad en Galicia. Todo un dilema, ganar una parte pero arriesgar el todo. Mejor mantenerse coherentes hasta el final. La historia avala la determinación. Mientras tanto, la ciudadanía sigue en el túnel del desconcierto, el mazazo del 11-M apagó todas las luces y aún no sabemos dónde se encuentra la senda de salida.