Bravos soldados rusos

GONZALO PARENTE

OPINIÓN

EL MONSTRUOSO atentado terrorista de Beslán ha hecho impacto en el mismo corazón de la humanidad, en tal forma que nos ha aterrorizado a todos y ha conseguido sembrar el desconcierto general. Por eso, unos se apuran a culpar al Gobierno ruso, otros se interrogan sobre las causas del terrorismo checheno y finalmente están quienes aportan soluciones teóricas para que un suceso como este no vuelva a ocurrir. Pero hay un hecho cierto, y es que Rusia tiene un Gobierno legalmente reconocido que puso los medios posibles para encontrar una solución al magnicidio, con el mínimo de víctimas, aunque no resultó así. En este ataque terrorista, como en el anterior del teatro de Moscú, actuaron con dureza, porque no hay otra forma de enfrentarse a un reto de gran riesgo civil, y los resultados fueron malos, pero podían haber sido peores. Hay que ponerse en la piel de los responsables políticos y de los ejecutantes militares y policiales. Hay que tener en cuenta de dónde vienen, del sistema político que han dejado atrás y de las dificultades de actuar en un régimen de libertades democráticas. Eso no se aprende en poco tiempo. Ahora sabemos que muchos soldados valientemente salieron a defender a los niños y pagaron con su vida esta noble misión. En medio de la confusión que supone la acción de enfrentarse a unos terroristas fuertemente armados, que se escudan en cientos de niños como rehenes, ya se comprende lo difícil que fue la actuación de aquellos valientes soldados y policías rusos. Por eso, podemos imaginar lo que significa jugarse la vida, en medio de disparos cruzados, con minas en todo el edificio para liberar a unos niños. Levanto mi voz o mi pluma en defensa de aquellos bravos soldados y policías rusos. Seguro que hicieron lo mejor que pudieron y, al menos, eso es suficiente para reconocer el valor de su acción. A partir de ahora, el presidente Putin seguro que cuenta con el apoyo de su pueblo para buscar a los responsables y perseguirlos hasta capturarlos y darles la respuesta que se merecen, por ese execrable crimen chapucero, que no tiene ninguna justificación posible, ni próxima, ni lejana.