Emociones y eutanasia

| JOSÉ RAMÓN AMOR PAN |

OPINIÓN

10 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

AMENÁBAR ha conseguido llenar los cines con su última película; también ha puesto de moda la eutanasia y el derecho a morir con dignidad y, sinceramente así lo pienso, ha inclinado la balanza de la sociedad española hacia su aceptación y, por consiguiente, le ha allanado el camino al Gobierno para su despenalización. Los tres objetivos han sido buscados directamente, y así lo trasluce la orquestada campaña de presentación: no creo que el presidente del Gobierno y sus ministros tengan la agenda tan libre como para asistir a muchos estrenos cinematográficos. El cine tiene una primorosa capacidad para suscitar y transmitir emociones, y ésta es una de sus finalidades principales: nos hace llorar, reír, tener miedo, soñar. Las emociones están bien, muy bien, cumplen una parte fundamental en nuestra vida, bien lo saben los psiquiatras. Pero otro es el cantar cuando nos referimos al papel que deben jugar en la toma de decisiones: el emotivismo, una actitud nacida en el mundo moderno entre pensadores anglosajones, considera que los juicios morales dependen de los sentimientos, de tal forma que es el sentimiento de agrado o desagrado el que nos lleva a evaluar lo bueno o lo malo de una acción. Estamos ante un subjetivismo muy ingenuo, que es lo que lleva a que esta teoría ética no tenga gran predicamento entre los que se dedican a reflexionar sobre la fundamentación de la ética, pero en cambio alcanza un gran aplauso social. Al menos desde el tiempo de la Grecia clásica, los filósofos han intentando siempre justificar los principios morales por la razón, al pensar que de esta manera se conseguía una mayor racionalidad e imparcialidad de nuestras decisiones. Por este motivo, me gustaría que fuese verdad que el Ejecutivo tiene la firme voluntad de suscitar un debate sereno y serio sobre este delicado asunto, en el que intervienen múltiples condicionantes legales, morales y personales. Creo que en determinadas circunstancias pueden existir importantes razones morales que podrían justificar matar por compasión previa petición autónoma de la persona afectada, pero de la misma manera estoy firmemente convencido de que no son suficientes como para revisar los códigos de ética ni los ordenamientos jurídicos. Soy un firme partidario de la autonomía, y quien sigue mis colaboraciones en este periódico así lo habrá comprobado. Pero no podemos olvidar que junto a ese criterio existen al menos otros tres de igual o mayor importancia: la no maleficencia, la beneficencia y la justicia. Por razones normativas de carácter general a veces es necesario prohibir un determinado tipo de actos que no serían moralmente incorrectos en su perspectiva individual. Las reglas de nuestro sistema moral y jurídico que nos impiden causar la muerte a otra persona no son fragmentos aislados, son hilos en el tapiz de reglas y actitudes que defienden el respeto por la vida humana y protegen de manera particular al más vulnerable. Cuantos más hilos retiremos, más débil será el tapiz. Un apunte para acabar: ¿Qué pensaría el malogrado jesuita padre Gafo, que visitó en varias ocasiones a Sampedro en su casa (la primera de ellas lo llevé yo, aunque por deferencia me quedé esperando en el coche) y con el que mantuvo una relación amplia por carta y por teléfono del representante de la Iglesia católica que nos presenta la película?