ARZALLUS; hombre de partido en el sentido más clásico y cervantino del término, se aparece de vez en cuando a sí mismo para decirse cosas a las que su conciencia no alcanzaría de otro modo. El trueno de Arzallus retumba, así, sobre su propia cabeza. Es un fenómeno al que Arzallus dedica buena parte de su vida, y que asume como un simple medio de resonancia entre la voz del trueno y el resto de los mortales. Es un servomecanismo de retroalimentación hecho clamor, al que tiende la mayoría de los ex presidentes de lo que sea o haya sido. Es ejemplar, por otro lado, esa manera de ser para no sentirse solo, y de estar para darse a los demás. Así que aquí tenemos a Arzallus, abrazado a la fórmula de hablar por no callar y para no estarse quieto, y ofreciendo noticias de unas negociaciones entre el Gobierno y ETA, en cuyo conocimiento ha entrado porque Arzallus es así. No es que Arzallus sea el que es. Es que Arzallus sabe lo que sabe y lo sabe por la gracia de Dios. Arzallus dice que tiene constancia de los contactos entre el Gobierno y ETA, y, a continuación, a la hora de establecer la constancia y señalar la prueba, opta por ese salto jabonado de delfín que consiste en llamarse Andana y referir la prueba al limbo dejándonos en la inopia. «Nadie me lo ha dicho», dice Arzallus, «pero yo sé que están hablando». Lo suyo no es tanto un conocimiento fehaciente como el efecto de una sensibilidad de amante metido hasta las cejas en la brasa de los celos. No necesita ver ni oír. Son procesos misteriosos que afectan a ciertos coroneles, que no tienen quien les escriba, y a Arzallus, que no tiene quien le diga. Arzallus es un hombre de muchos misterios, y ninguno glorioso. Cultiva los misterios como la gimnasia de quien pretende milagros. El milagro que pretende Arzallus es que las cosas no sean como son. Si la cosa es que el Gobierno y ETA hablan, Arzallus acusará al Gobierno de no hacerlo. Y si no hablan, le acusará de hacerlo. Con ello persigue que cualquiera de los interlocutores de ese diálogo lo abandone para ponerse a hablar con Arzallus de manera que Arzallus pueda decir que Arzallus no habla con nadie. Eso en el supuesto de que el diálogo sea real. Si es ficticio, Arzallus dirá que Arzallus está dispuesto a hablar con el Lucero del Alba. Hasta ahí las especulaciones que suscita el milagro y su corte de esperanzas e ilusiones. Fuera de esas condiciones tan intangibles y vanas queda el meollo del misterio. Y el meollo del misterio no es lo que Arzallus sabe sin que se lo hayan dicho, sino para qué lo sabe y para qué lo dice. En esa línea -y sólo en ese línea- no es tan relevante el hecho de que el Gobierno y ETA hablen o no, como la ventaja a la que aspira Arzallus corriendo el riesgo de quedar como el que habla sin saber lo que dice. ¿Qué saca Arzallus de acertar o de meter la pata o de sacarla? ¿Qué obtiene de mentir? ¿Qué logra con lo contrario? Son cuestiones que requieren una auténtica antropología.