EL DISCURSO correcto, que, bajo el patrocinio del PP y el PSOE, desplazó del país al discurso inteligente, dice que la revisión del modelo autonómico debe hacerse en el marco de la actual Constitución, que no es posible cambiar la relación entre las autonomías y el Estado, que toda presión ejercida para forzar acuerdos deslegitima el proceso, y que en modo alguno pueden prosperar las iniciativas que nacen, como el Plan Ibarretxe, al margen de los grandes partidos. Eso es lo que dijeron todos, como papagayos, durante los últimos años, y eso es lo que ahora estrangula, sin remisión, los planes de Zapatero. Porque lo que ahora estamos debatiendo, en medio de un caos que la vicepresidenta convierte en «modelo», no es más que una propuesta unilateral y de corte diferencialista que le sirvió a Maragall para acceder a la Generalitat. Y todas las razones que el PSOE invoca para cambiar de criterio se reducen al cumplimiento de las condiciones impuestas por los nacionalistas para dotar de estabilidad al Gobierno ZP. Frente al estúpido rigor con el que se trató el caso vasco -cuando Aznar definía los dogmas, Mayor repartía las credenciales y Zapatero hacía de testigo-, lo que ahora se nos quiere hacer creer es que tenemos una Constitución más flexible que el chicle, y que no pasa nada si el PP se automargina del pacto para la reforma del Estado. Pero la terca realidad nos presenta un debate competencial y financiero hecho a la medida de Cataluña, una reforma constitucional vergonzante, un modelo autonómico que favorece la sigularidad y el privilegio de Euskadi y Cataluña, y un nuevo estatus político y económico para la Andalucía fiel y abundante que metió al PSOE en la Moncloa. Claro que todo eso se convierte en un castillo de naipes si Rajoy no se come su propio discurso, si el PP no se inmola en honor a Zapatero, si Rodríguez Ibarra y Paco Vázquez no se callan, o si los ciudadanos empezamos a preguntarnos por qué resulta tan fácil ahora lo que antes era un imposible jurídico y una traición a España. Los pocos analistas que estuvimos en contra del discurso único autonómico tenemos derecho a disfrutar de la conversión federalista de Fernández de la Vega. Pero el PSOE llega a este punto lleno de servidumbres discursivas y con un tufo inevitable a compra de votos nacionalistas. Y por eso me temo que Mariano Rajoy no va a picar en este giro estratégico que, revestido de patriotismo y talante, preconiza Zapatero. Porque ni el PP acepta quemarse en la pira, ni la gente está dispuesta a chuparse el dedo. Y porque todo este debate, visto con la aceleración del contexto mundial y europeo, suena ya más rancio que la candidatura de Fraga.