El juego del pasado

GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN

OPINIÓN

NI DIOS puede cambiar el pasado, según dejó escrito alguien. Los políticos sí pueden, si no cambiarlo cuando menos moldearlo a su gusto. Son como los hombres felices, que únicamente recuerdan las cosas positivas que han protagonizado... pero aplican un baremo bien distinto para sus adversarios. El último que ha hecho notorio que le incordia que los otros hablen de su pasado y el de los suyos es Mariano Rajoy. Entre los temas que reclama olvidar está el accidente del Jak 42, que además de ser un asunto bastante próximo, cada vez que se revuelve nos permite descubrir un matiz nuevo, algo trascendente y siempre lamentable. Lo cual debería ser motivo para que todos a una dijéramos, cuando menos en este caso, que es preciso volver la vista atrás. No se trata de enfrentar los testimonios de unos y otros, sino de aludir a algunos ejemplos que permitan situar el tema. Ahí queda el caso de José María Aznar y los más próximos a él, recordando día a día y durante mucho tiempo el tremendo error del GAL o la corrupción socialista de la etapa González. O de otro lado los ataques a Fraga, en los que con frecuencia se mezclan factores como su largo mandato o el hecho de llevar 28 años anunciando que se va; antes, en su caso, habitualmente eran peores las referencias al pasado. Contrasta con esto el escaso apego de los políticos a hablar del futuro a medio o largo plazo, aquel en el que realmente sus gobiernos pueden cambiar el país y la vida de sus ciudadanos. Prefieren hablar de lo inmediato, con un horizonte que suele coincidir con las elecciones más próximas. Del pasado hay que hablar una y cien veces, ¿por qué no? Entre la aversión al pasado y el esquivar el futuro más allá de tres o cuatro años, los políticos van a terminar por instalarse en lo fugaz, que nuestra sociedad ha entronizado como un valor importante. Cualquier día, los políticos solamente hablarán a gusto del instante mismo, los treinta segundos en que intenten llevarnos al huerto.