LA FUNCIÓN del Estado, decía Hobbes, consiste en garantizar la propiedad y el orden. La propiedad porque fundamenta todo el sistema de colaboración e intercambio que define las sociedades humanas. Y el orden porque, si no se ponen límites al egoísmo instintivo, el hombre se comporta como un lobo - homo homini lupus- , y queda abocado a su propia destrucción. Por eso renunciamos a una parte de nuestra libertad en favor del sistema político, y por eso exigimos del poder el cumplimiento eficaz de aquellos fines para los que ha sido creado. Si a usted le quitan la cartera, es justo que reparta su protesta entre el ladrón que se la roba y la policía que no lo impide. Y hasta debe comprenderse que, dando por supuesto que el ladrón no está para distingos, cada vez que la delincuencia se dispara, los ciudadanos acaben señalando al Gobierno como último responsable. En la acción terrorista se citan y mezclan todos los instintos criminales. El terrorista puede ser un cruel asesino, ladrón, secuestrador, violador y genocida, e incumplir a un tiempo todo el Código Penal. Pero eso no libra al Gobierno de su obligación de proteger a los ciudadanos, ni puede ser un obstáculo para que, cuando se produce una masacre como la de Beslán, nos preguntemos dónde estaba el Estado, si el problema se está afrontando con racionalidad y eficacia, y si no se están cometiendo errores derivados de la simple torpeza o de un inconfesable plegamiento a ciertos intereses políticos o económicos. La vía escogida por Bush y Putin para vencer al terrorismo es ineficaz contra los suicidas, ya que su modus operandi no requiere salidas, y su éxito se mide con parámetros inversos -«cuanto peor mejor»- a los que nosotros utilizamos. Pero el terrorismo suicida tampoco sería posible si no existiesen los contextos de violencia, pobreza e injusticia que permiten fanatizar a las masas y nutrir las listas de voluntarios que esperan turno para inmolarse. Y eso convierte en irresponsable cualquier forma de lucha que, olvidando el deber de prevenir y la obligación de generar sociedades justas, dedique todos los esfuerzos a reprimir -en plan Putin- a los que han optado por morir matando. El cáncer es una mala enfermedad que hay que combatir sin tratos ni concesiones. Pero ningún médico experto aconsejaría fiar todos los esfuerzos a la quimioterapia, en vez de insistir en que vigilemos la alimentación, no fumemos, reduzcamos la contaminación y hagamos revisiones preventivas. Por eso no se explica que, si el terrorismo es un cáncer social, sigamos gastando todo el presupuesto en quimioterapia. Porque el resultado nos lleva a amputaciones como la de Beslán. Dolorosas y estériles.