Ciudades de la música

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

04 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

ALGUNAS ciudades europeas se mueven con su memoria y sus deseos en torno a la música. Unas son grandes capitales: Berlín, Viena, Londres, Milán, Barcelona,... pero otras, como Bayreuth, Salzburgo, Lucerna, Pesaro o Granada, son ciudades medias o pequeñas que han sabido consolidar, a base de constancia e inteligencia -más unas dosis variables de recursos económicos y humanos- un savoir faire con magnetismo propio. Salzburgo, por tamaño, urbanismo e historia, es casi perfecta, y por ello puede llegar a resultar empalagosa. El centro histórico se tiende sobre un río rápido, lechoso y de apariencia gélida. Fuera de la época estival, cuando la actividad y el número de habitantes decrecen, parece casi un decorado. La arquitectura civil es sobria, de tonos suaves. La religiosa, en cambio, es un barroco denso, algo pesado en sus formas, y como inacabado en los aspectos decorativos; las iglesias de la "Roma germana" carecen de los suntuosos jaspeados que adornan los templos jesuíticos de Viena. Durante el festival, por las noches, la ciudad vieja y la impresionante fortaleza del Alto Salzburgo se encienden en tonos añil y rosa. Es sorprendente esta licencia de iluminar profusamente los monumentos, como si no se valiesen por sí solos. En Burgos y León, una vez descarnada la piel de las fachadas con un exceso de abrasión, se ha proyectado sobre las catedrales una iluminación cruda que parece emular la luz del día pero, claro, es de noche. Apenas una pátina, un ligero baño de luz cálida arranca a las piedras su calidad más enigmática y evocadora. Todo un paradigma de capital musical, Salzburgo, la creación de Max Reinhardt, que contó entre sus primeros alentadores nada menos que con Hugo Hoffmannstahl y Richard Strauss. El 22 de agosto de 1920 se escucharon por primera vez, en la plaza de la catedral, los gritos de Jedermann, esa obra teatral que cada año se representa sin falta. Semiexcavado en la ladera del Mönchsberg, el distrito de festivales fue construido en dos etapas, en dos posguerras, y es una referencia de arquitectura culta y precisa que mejora con el tiempo. Un concierto de la Filarmónica de Viena, que Riccardo Muti dirige con una enorme mesura gestual, apoyado en la expresividad de su mirada, trae a la memoria la actuación hace años, en el festival de Pascua y en la propia Gran Sala, de la Real Filharmonía de Galicia dirigida por Helmuth Rilling. Y, por asociación de ideas, uno piensa que una comunidad como Galicia bien podría promocionar un destino musical bipolar. De momento, hay dos ciudades que destacan por su actividad en este campo, con dos buenas orquestas que aún necesitan más apoyo, con tradición de público y bien equipadas, aun cuando la oferta es, hoy por hoy, asimétrica. El Festival Mozart de A Coruña tiene acreditado prestigio; la irregularidad y la tendencia al espectáculo del Festival Internacional de Compostela demandan una revisión. Estoy convencido de que si Bugallo se lo propone, Vázquez no se opone y Pérez Varela dispone, con una Ciudad de la Cultura en marcha que incluye un nuevo palacio de la ópera, podría consolidarse una oferta musical importante con un par de festivales internacionales. Viene a ser lo de los intereses y guiños cruzados entre ciudades, de dos en dos o de tres en tres, para promover a Galicia como un sistema urbano moderno, también en lo musical.